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Por Víctor Pey C.
Al acercarse el centenario del nacimiento de Salvador Allende se reaviva su imagen en Chile y en muchos otros países del mundo, transitando la misma entre el arquetipo y el mito. Se trata de una personalidad única, cuyo protagonismo histórico, de singularísima consecuencia entre sus dichos y sus hechos, descartó siempre tanto la inevitabilidad fatal de las expresiones oligárquicas e imperialistas del capitalismo como cualquier otra alternativa totalitaria en la organización de una sociedad loable.
La lista de obras y publicaciones de distinta índole que se han ocupado, tanto en Chile como en el extranjero, de la figura de Salvador Allende sería casi interminable, iniciadas con una recopilación de escritos políticos y sociales que fue autorizada por el propio autor y traducida a varios idiomas. Más tarde, el Centro de Estudios Latinoamericanos Salvador Allende, de México, publicó veinte volúmenes integrados por diversos escritos, conferencias, discursos políticos y otros textos. En 1988 Patricio Quiroga publicó en Santiago un volumen con obras escogidas del año 1933 y otro, en España, en 1989, que abarca el lapso comprendido entre 1970-1973. Muy especialmente corresponde mencionar las dos obras de Joan E. Garcés (Allende y la experiencia chilena, y Soberanos e intervenidos); el libro de Gonzalo Martner García, El Gobierno del Presidente Allende, y el de Eduardo Novoa Monreal, Los resquicios legales, así como el que recopila una buena parte de lo por él hablado y escrito, Salvador Allende, Obras escogidas, publicado en una co-edición de la Fundación Presidente Allende, de España, y el Centro de Estudios Políticos Latinoamericanos Simón Bolívar, de Santiago de Chile, en 1992.
Salvador Allende fue un hombre inmensamente afectivo, poseedor de una fortaleza física que agotaba a quienes le acompañaban en sus maratónicas giras electorales. Supo cargar con la abrumadora tarea de la Jefatura del Estado sin menoscabo del programa que había propugnado durante la campaña electoral que le llevó a la Moneda , emprendiendo una progresiva transformación de las estructuras económicas, políticas y sociales del país, dentro de un marco de profundización del sistema democrático, en el que sustentó siempre sus ideas y sus actos. Enfrentado a una fronda opositora golpista gestionada desde el corazón del imperio; cuestionado no pocas veces por una parte de sus correligionarios, que llegaron a tildarle de reformista, este hombre tuvo siempre en su mente y en su corazón la singular mezcla del mayor de los corajes con la más sensible de las delicadezas. Allende supo enfrentar los desafíos a los que su afán de redención humana le llevó con una determinación que no dejó espacio, nunca, para el desaliento. Siendo un gozador de la vida, jamás subordinó la entrega a su pueblo, al que tanto amó, a las veleidades de una sensualidad que, aún reconociéndola y apurándola, pudieran alterar la consecuencia singularísima que marcó su existencia. Nadie mejor que él mismo, con sus propias palabras, puede expresar los sentimientos íntimos que lo llevaron en su juventud a colocarse al lado de su pueblo. En la carta que el 21 de mayo de 1965 dirigió a la Masonería , planteando su retiro de la institución, decía: “Estudiante en un período de fragor social y político y médico joven, de acción profesional amplia y anónima, fui tremendamente golpeado por el impacto de la realidad patria que, por decirlo auténticamente, en su estructura económica, cultural, social y política, es la de toda América Latina. De ambiente familiar sin prejuicios dogmáticos y atraído por el papel protagónico de los masones desde los albores de la Independencia ; por la dura tarea de la Orden en su inalterable lucha contra el mal y por el bien ; por la acción profana de la institución en sus afanes de eliminar la desigualdad social; por sus esfuerzos para barrer la intolerancia y superar el oscurantismo y oir imponer un régimen de igualdad de derechos y expectativas para todos los hombres,, ingresé a la Orden. En no escasa medida también ejerció influencia en mis preocupaciones de bien público mi devoción hacia la figura de mi abuelo, el doctor Ramón Allende Padín, ex Gran Maestro de la Orden y fundador de la primera escuela laica de Chile. (…) Los masones giramos en torno de la igualdad, de la libertad, la fraternidad como suprema síntesis de convivencia colectiva. Procede hacer una observación: ¿quiénes integran nuestra Orden? ¿Podría, con honestidad intelectual, imaginarse que su composición refleja a la sociedad chilena de hoy? La respuesta, al menos en mi comprobada experiencia, tiene que ser negativa. En la Orden sólo se cobijan elementos de la burguesía. No hay en este aserto calificativos de ninguna especie. Es un hecho y nada más. (…) La ausencia de elementos extraños a la burguesía es grave, tanto más cuanto que el fenómeno tiende a acentuarse” Tales son, en síntesis y expresadas por él mismo, las causas primeras que orientaron el sentido que quiso darle a su vida, en su generoso anhelo de entrega a su pueblo sufriente, buscando una mayor justicia social. Corresponde precisar que cuando Allende sintió que la masonería chilena se había apartado de esos ideales que él siempre asumió, extrañando la ausencia en ella de las representaciones del mundo artesanal, estudiantil y de los trabajadores manuales, no dudó en plantear en su Logia, clara y precisamente, su alejamiento de la misma por medio de esta carta a la que estoy refiriéndome, la que fue contestada en una extensa exposición que, en su parte resolutiva, señalaba: “Habiéndose reafirmado una vez más la coincidencia de nuestros planteamientos(…)acordó, por unanimidad, rechazar la solicitud de Carta de Retiro presentada.” Procede señalar que Allende siguió en la Masonería tras solidarizar su Logia con sus ideales de justicia social y de democracia plena. Allende no fue un teórico marxista, aunque sí afirmó siempre su disposición al uso del análisis marxista como un método útil en la búsqueda de la comprensión de las contradicciones económicas y sociales inherentes al mundo capitalista. Sus actos no surgían de meras consideraciones abstractas sino más bien de un profundo conocimiento de la realidad en la que vivía su pueblo, que muy bien conocía, inspirados en los atisbos directos de su aguda intuición política. Interpretando su pensar, se concluye en que la sociedad, impulsada esencialmente por el lucro, no se sabe a dónde conduce, induciendo como sustituto ético y estético el concepto de una sociedad solidaria, alejada de la carga de irracionalidad caótica que el liberalismo económico implica: un sistema social que conduzca, por la senda democrática, a una sociedad viable más libre, más digna, fundada en principios de solidaridad social que tiendan a disuadir las manifestaciones oprobiosas de los egoísmos inherentes a la condición humana y que estimulen y desarrollen, por el contrario, los recursos de generosidad solidaria que también subyacen en ella. Desde la Presidencia de la República , Allende buscó siempre, afanosamente, el entendimiento político con la oposición, compatible con el acatamiento del programa que ofreció cumplir. Cuando la confabulación iniciada por el gobierno de los Estados Unidos, ya desde antes de su asunción al mando, imbricada con la fronda nacional, concluyó en la subversión de quienes habían jurado la defensa de la Constitución y las leyes de la República , avasallando a la democracia con la fuerza brutal de las armas, Allende visualizó el sacrificio de su propia vida como postrer acto de lealtad y consecuencia hacia su pueblo. Hay quienes, incapaces de comprender tanta entrega, tanto coraje moral, deslizan conceptos peyorativos sobre el acto mismo de su muerte. Hay, siempre, inquisidores frustrados en todas las iglesias, dispuestos a lanzar al fuego eterno a las almas que no comulguen con sus designios o con sus prejuicios. Se trata de facetas no reconocidas de la cara oscura de la condición humana. Por encima de todo ello, la figura real de Salvador Allende se encuentra ya instalada en el alma de su pueblo y en el de otros pueblos del mundo como arquetipo de la lealtad, de la justicia social y de la consecuencia a las que él mismo apeló hasta en sus últimas palabras. |