El testamento no revelado de Volpone y la misteriosa desaparición de sus Memorias

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Comentario de Rafael Cárdenas
30 Abril, 2008, 7:47 pm

El Clarín

Cuando nos hallarnos ad portas de un fallo de CIADI (Centro Internacional de Arreglo de Diferencias Relativas a Inversiones, dependiente del Banco Mundial), condenando al Estado de Chile a indemnizar a Victor Pey por la pérdida del diaro El Clarín, que le fue confiscado por la dictadura militar tras el golpe de septiembre de 1973, recién empieza a surgir una nerviosa, parcial e interesada entrega de información por parte de nuestra prensa duopólica sobre un tema que, previamente, aquélla se había preocupado de mantener vergonzosamente silenciado por años. Tan silenciado como los millones de dólares con que se benefició El Mercurio y COPESA, ambos quebrados y endeudados en cifras astronómicas al término del Gobierno Militar, por la complacencia de la Administración Aylwin y con Alvaro Bardón en la presidencia sucesiva del Banco Central y el Banco del Estado, acreedor de ambos grupos (cf. Dermota, Ken, “Chile Inédito”, Ediciones B Chile S.A., 2002).

Como Pey se ha comprometido pública y reiteradamente a destinar la indemnización demandada a la reapertura de El Clarín, esto amenaza el status quo de absoluta pobreza informativa y total falta de pluralismo que nos significa la actual concentración de la prensa nacional.

Sin embargo, hay que decir que quien ganará con ello será, precisamente, la prensa nacional, así como nosotros los ciudadanos y, en definitiva, nuestra impostada y desprestigiada democracia. Es cosa de rememorar cómo cambió, para bien, El Mercurio, hace ya más de 20 años, en visperas de la aparición del diario La Época, recién autorizado por la Corte Suprema: aumentó notablemente el espacio para cartas, se dio cabida a opiniones divergentes, mejoró sustancialmente el nivel de la crónica, nacional e internacional, multiplicándose varias veces el tamaño de esta última, etc., etc..

Al margen de que aún no hayamos alcanzado una democracia en serio, en que se dé el gobierno de la mayoría y no el cogobierno de aquélla con una minoría sobrerepresentada, merced a una institucionalidad ad hoc legada por la dictadura, hay que recordarle a nuestra autocomplaciente y extraviada clase política que tampoco resulta posible una situación de Estado de Derecho y democracia plena mientras no exista un verdadero pluralismo en un escenario de la más amplia libertad de prensa, lo que estamos lejos de cumplir. Muy por el contrario, con la excepción de Cuba, exhibimos la prensa más pobre del Continente Americano, con menos pluralismo que el que se daba durante la dictadura, con diversos semanarios (Apsi, Análisis, Cauce, Hoy), el Fortín Mapocho y el diario La Época, todos desaparecidos con el beneplácito de la coalición gobernante al inicio de la Transición.

Como bien destaca el ya citado investigador norteamericano Ken Dermota, mientras en Estados Unidos (así como en las principales democracias occidentales) la libertad de prensa y el pluralismo constituyen basamentos fundamentales e imprescindibles de la democracia y el Rule of Law, en nuestro país, en cambio, se los considera como “la guinda de la torta”, i.e., como un plus deseable, pero que no representa un pre requisito o conditio sine qua non de la democracia.

En nuestra democracia de mentira, en tanto, dicho mercado está restringido a dos gigantes -a los que los gobiernos concertacionistas se han rendido- que comparten un ideario político de derecha, sirviendo a una misma “Tribu”, en palabras del Presidente Lagos. Se trata de los “Rupert Murdoch” de estas latitudes, que no dejan espacio alguno y asfixian al primer asomo de disidencia entre nuestros medios, como ocurrió con el Diario Siete, al que COPESA no se asoció para fomentar el pluralismo, sino para impedirlo a corto o mediano plazo (me consta que no lo distribuía en ciudades como Concepción), mediante un vergonzoso acto de fagocitosis. Otro acontecimiento reciente en el mismo sentido está en la adquisición del diario El Sur de Concepción por El Mercurio.

Desgraciadamente, vivimos a merced de estos nefandos personajes, que a diario nos humillan como ciudadanos y nos averguenzan como nación… y todo ello con el amén y complicidad de nuestros desprestigiados representantes. Rafael Enrique Cárdenas Ortega.

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