Salvador Allende es el único político chileno que ha alcanzado la estatura de figura histórica universal.
Sólo él llegó a incidir en la vida de millones de seres humanos en todo el planeta. Precisamente por eso, el traidor Pinochet adquirió asimismo la talla de villano universal. La figura de Allende no simboliza solamente el heroísmo de su sacrificio en La Moneda, leal a su pueblo hasta el final como había prometido. Ese instante sublime fue la culminación de toda una vida a lo largo de la cual nadie mejor que él encarnó el gran proyecto que logró modernizar a Chile.
La tragedia de Allende costó caro.
No solamente la instauración en el poder de una camarilla de criminales corruptos que, azuzados por una canalla dorada rezumando odio revanchista, cometieron toda suerte de desmanes y delitos de lesa humanidad. Significó asimismo la imposición de la versión más extremista, despiadada, destructiva y dañina, de la segunda estrategia que casi todos los países subdesarrollados adoptarían hacia fines del siglo, en el marco de un retroceso general de mareas a nivel mundial. Las consecuencias de todo aquello todavía se hacen sentir. Un tercio de siglo después de su muerte, finalmente, parecen deshilvanarse los amarres de un proceso de transición a la democracia que ha durado más que la dictadura que vino a reemplazar. América Latina está experimentando un viraje inequívoco, mientras en el mundo parece apreciarse un nuevo cambio de corrientes en un sentido más favorable.
Por todo ello, la figura de Salvador Allende y todo lo que representa adquieren hoy una vigencia renovada. Son los suyos los grandes ideales que deberán guiar los pasos que permitan a Chile integrarse leal y plenamente con sus
vecinos y hermanos en la construcción de la que será una de las grandes potencias del siglo que se inicia.
Sin embargo, una que se construya para asegurar antes que nada la paz, la democracia y el bienestar a sus
pueblos.
Líder de la gran modernización de Chile a lo largo de medio siglo
El gobierno de la Allende no cayó del cielo. La Unidad Popular fue la expresión más elevada de sucesivas
alianzas establecidas en torno a las fuerzas y personalidades más progresistas y consistentemente
democráticas del país, surgidas mayoritariamente del seno del pueblo trabajador así como de los sectores
medios. Apoyadas en la organización y movilización popular - no pocas veces en masivas protestas callejeras
- pero participando asimismo activamente en la vida política democrática, alianzas similares habían venido
impulsando cada uno de los extraordinarios avances logrados a lo largo de buena parte del siglo.
Ocasionalmente, participaron de los gobiernos más progresistas, mientras en otros casos apoyaron sus
propuestas de cambio desde el parlamento. En más de una ocasión, se cruzaron frente a intentos de las
fuerzas más conservadoras de derrocarlos por la fuerza. Sin embargo, sólo lograron encabezarlos con
Allende. Apoyado en una participación política popular masiva y notablemente organizada que alcanzó
caracteres de revolución hecha y derecha, pero respetando asimismo de modo bien escrupuloso la legalidad
democrática, su obra vino a coronar el proceso de modernización dirigido por el Estado que venía cursando
desde mucho antes.
El golpe militar del 11 de septiembre de 1973 destruyó no sólo un gobierno, sino un régimen que había nacido casi exactamente medio siglo antes, el 11 de septiembre de 1924 ¡mediante otro golpe militar!
En aquel momento político excepcional, como destaca la historiadora María Angélica Illanes, en las secuelas de la Primera Guerra y la Revolución Rusa y en medio de una importante agitación social, una alianza entre militares y un grupo de preclaros profesionales se proponen reformar el carácter del Estado que había predominado hasta entonces y que usualmente se denomina oligárquico - liberal. Establecen el Estado de Asistencia Social, como lo denomina explícitamente el proyecto que el Dr. Alejandro del Río – en su mayoría eran médicos - presentó a la Junta militar. Justificaba su necesidad señalando que la falta de una población sana era un obstáculo tanto para la defensa nacional como para la producción de riquezas. Décadas más tarde, Raúl Prebisch argumentaría desde CEPAL a favor del proyecto desarrollista más o menos con las mismas ideas.
Aparte del invaluable legado de una temprana independencia, el Estado Chileno había asumido antes algunas
significativas tareas de desarrollo, especialmente a partir de los gobiernos de Santa María (1881-1896) y
Balmaceda (1886-1891). Su mayor expresión fueron los ferrocarriles, que ya en 1907 lograron unir el
territorio desde Arica a Puerto Montt, completando así una verdadera proeza de ingeniería. Asimismo,
hicieron algunos avances en educación, incluyendo la fundación de la Universidad de Chile y el Instituto
Nacional. Ese período conforma, por así decirlo, la prehistoria del desarrollismo (Illanes – Riesco 2007).
Sin embargo, y sin perjuicio de lo anterior, sus instituciones fundamentales fueron creadas a partir del primer
gobierno de Ibáñez (1925 - 1931). El listado de algunas de las fundadas en esos años da cuenta de la
magnitud de sus realizaciones en este sentido: Banco Central, Fuerza Aérea, Línea Aérea Nacional, Cuerpo
de Carabineros, Tesorería General de la República, Superintendencia de Seguros y Sociedades Anónimas,
Superintendencia del Salitre y Yodo, Contraloría General de la República, Caja de Crédito Minero, Caja de
Crédito Agrícola, Instituto de Crédito Industrial, Caja de Fomento Carbonífero, Junta de Exportación
Agrícola, Caja de Colonización y Ministerio de Agricultura.
En 1924, se creó el Ministerio Social, inicialmente a cargo del Dr. del Río, que incluía Salud, Asistencia
Social, Previsión Social y Trabajo. La Caja del Seguro Obrero Obligatorio, institución semi - autónoma iba a
manejar las contribuciones de la seguridad social. Éstas fueron fijadas en 6% de los salarios, y eran aportadas
por los empleadores (3%), los obreros (2%) y el Estado (1%). Adicionalmente, se creó la Escuela de Servicio
Social, la que iba a formar un servicio público civil profesional, en esta área.
La política educacional fue convertida en la preocupación central del nuevo Estado Asistencial. El Ministerio de Educación fue creado en 1927 y se inició una reforma que enfatizaba la disciplina en los valores nacionales de la “raza, la patria y la nación.” La salubridad y nutrición de los pupilos en las escuelas públicas se encargó a los inspectores escolares. La importancia asignada a la educación se evidencia en el fuerte incremento del gasto público en educación primaria, secundaria y especialmente universitaria.
En su conjunto, el gasto educacional se multiplicó 2.5 veces y el gasto social se triplicó, en el curso del ciclo económico 1918 – 1929. El analfabetismo, hasta entonces masivo, empezó a reducirse y la matrícula escolar se expandió. La Universidad de Chile recibió asimismo un fuerte impulso. El gasto público social en su conjunto se triplicó en el curso del ciclo económico 1918 – 1929 (Illanes – Riesco 2007).
Ibáñez gobernó con manu militari, imponiendo todas estas medidas contra la oposición de la oligarquía agraria y aún la resistencia inicial del movimiento obrero. Como recuerda María Angélica Illanes, este último consideraba por entonces que las nuevas políticas sociales del Estado podían erosionar su propio rol en asistencia social y amenazar su independencia de clase. En su libro “Los Comunistas y a Democracia,” Luis Corvalán (2008) no lo trata con ninguna simpatía.
Por el contrario, hace presente que “la dictadura de Ibáñez persiguió a miembros de todos los partidos no incondicionales suyos y montó a su alrededor una red de soplones. Aplicó una política que llamó de ‘termocauterio arriba y abajo’.
El Partido Comunista fue puesto al margen de la ley, sus periódicos clausurados, sus dirigentes encarcelados, relegados, torturados y varios asesinados. Fueron perseguidos la Federación Obrera de Chile FOCH y la Asociación general de Profesores de Chile.”
Sin embargo, parece significativo que la Historia del Partido Comunista de Chile (2000) consigna que la dictadura de Ibáñez, junto a los gobiernos de Pedro Aguirre Cerda y Salvador Allende, más adelante, fueron los únicos gobiernos del siglo XX que no ejecutaron masacres obreras.
En lo que constituye una trágica ironía, más de 25 personas fueron asesinadas en varios episodios represivos ocurridos durante el segundo gobierno de Ibáñez (1952 - 1958), al cual accedió elegido por una abrumadora mayoría de votos.
El proyecto desarrollista se desarrollaría más plenamente a partir de la Gran Depresión. Como es sabido, la
dictadura de Ibánez fue derribada en 1931, amplias protestas populares en el medio de la crisis. Le sucedió
un breve período de anarquía que incluyó la instauración, el 4 de Junio de 1932, de la República Socialista
presidida por Marmaduque Grove. Duró 12 días, pero alcanzó dictar decretos leyes que más tarde utilizarían
los gobiernos siguientes, incluido el de Allende, para controlar precios e intervenir empresas. Sin embargo, a
partir del segundo gobierno de Alessandri Palma (1932-1938), el período desarrollista en Chile sería
presidido por sucesivos gobiernos democráticos.
Algunos, bien hasta por ahí no más, como el de González Videla (1946-1952), "el traidor de Chile", como lo llamó Pablo Neruda. Puso fuera de la ley al Partido Comunista que hasta entonces tenía ministros en su gobierno, relegó a varios de sus principales dirigentes a Pisagua y mandó al exilio al propio senador Neruda, entre otras barbaridades. Los hubo de todos los colores políticos. Liberal, el ya mencionado segundo período de Alessandri Palma, del Frente Popular (1938-1946) dirigido por los radicales y en los cuales participaron socialistas y comunistas en distintos momentos, liberal-conservador-radical, el de Alessandri Rodríguez (1958-1954), demócrata-cristiano el de Frei Montalva (1964-1970), y de Unidad Popular presidido por Salvador Allende (1970-1973). Aparte de los dos gobiernos de Ibáñez y el de González Videla, ya mencionados.
Las fuerzas políticas que los sustentaron representaron de algún modo a todos los sectores sociales.
Conformaron diferentes alianzas y coaliciones entre sí, las que se sucedieron tanto en el gobierno como en la
oposición, y se enfrentaron constante y duramente unas con otras. Por lo mismo, los gobiernos que
encabezaron fueron, por cierto, muy diferentes unos de otros. Mal podría pensarse que fueron todos iguales,
en modo alguno. Muy poco tiene que ver el carácter francamente progresista de los gobiernos de Aguirre
Cerda, Ríos y Frei, o el gobierno revolucionario de Allende, con los de Alessandri padre e hijo, por ejemplo.
Sin embargo, a pesar de sus grandes diferencias, cual más cual menos, todos adhirieron al ideario
desarrollista y asumieron la consigna central del progreso, en sus dos dimensiones, económico y social.
Todos asumieron, por una parte, las construcciones económicas que capitalistas y obreros habían generado en
los países más avanzados, y que los terratenientes y campesinos que predominaban en Chile no eran capaces
de reproducir.
Por otra parte, se propusieron criar en el país actores como aquellos.
Miembros del ya referido grupo de médicos y otros profesionales de acendrado espíritu de servicio público
participaron de algún modo en todos estos gobiernos. Su figura más destacada, tuvo su bautismo de fuego en
los combates que culminaron con la caída de la dictadura de Ibáñez en 1931, en los que participó activamente
como dirigente de los estudiantes de medicina y la FECH, y del Partido Socialista, que se fundó en esos días.
Su nombre era Salvador Allende.
En el marco de la lucha mundial contra el fascismo emergente y la guerra civil en España, las fuerzas
populares chilenas lograron la formación de un Frente Popular que logró elegir presidente a Pedro Aguirre
Cerda en 1938. El joven Allende asumió como ministro de salud y en esa época publicó su importante libro
"La Salud Pública en Chile,” 1 un verdadero programa que pusieron en práctica los sucesivos gobiernos.
Allende sucedió como ministro al Dr. Eduardo Cruz-Coke otro destacado miembro del referido grupo y
ministro de salud de Alessandri Palma (1937-38). En 1950, como recuerda María Angélica Illanes, el Dr.
Mardones Restat, entonces ministro de salud y también miembro del grupo mencionado, presentó al
parlamento la ley que creaba el Servicio Nacional de Salud, proyecto que había sido elaborado una década
antes por el propio Allende como ministro de Aguirre Cerda.
El Dr. Allende, ahora como presidente del Senado, logró la aprobación unánime del parlamento para este
proyecto. Como resultado del mismo, la cobertura del Servicio de Seguro Social se expandió de 1 a 3
millones de beneficiarios, sobre una población total de 5.2 millones en la época, los que serían atendidos por
el nuevo Servicio Nacional de Salud Pública (SNS). “Tengo la íntima convicción – dijo Allende – que no
estamos en condiciones de apreciar la trascendencia de estas iniciativas en toda su magnitud. El tiempo les
dará las proyecciones que en mi visión ellas tienen, para la defensa de la raza, la protección del capital
humano y en lo que ellas significan para evitar las tremendas injusticias que derivan de la existencia en
nuestro país de diferentes estratos sociales” (Illanes-Riesco 2007).
En los mismos años, el mundo había superado la Gran Depresión y derrotado al fascismo en la Segunda
Guerra Mundial. Surgía el estado de bienestar impulsado por Roosevelt y su New Deal en los EE.UU. y
diversas formas de partidos socialdemócratas en el viejo continente. La economía mundial vivía una era de
auge que se prolongó a lo largo de cuatro décadas de forma más o menos sostenida. En Japón y varios países
del sudeste de Asía sur oriental se gestaban los procesos que los llevarían a convertirse en los futuros tigres y
dragones, guiados en todos los casos con mano de hierro por gobiernos desarrollistas conservadores.
El socialismo en la URSS mostraba éxitos impresionantes en todos los terrenos. Las revoluciones y guerras
anticoloniales y nacionales se extendían por Asia, el Medio Oriente y África, en su mayoría inspiradas en el
ideario socialista y muchas de ellas encabezadas por los comunistas. Alcanzaban a América Latina con el
triunfo de la Revolución Cubana en 1959.
Puestos a la defensiva, los EE.UU. proclamaban la Alianza para el Progreso en la región, mientras se empantanaba en la guerra de Vietnam. La juventud se rebelaba abrazando el movimiento por la paz y se ponía de moda el ideario hippie, al tiempo que los estudiantes desataban la revolución de Mayo de 1968 en las calles de París. El mundo vivía lo que Eric Hobsbawm ha denominado la época de oro de la post guerra (Hobsbawm 1995).
Al igual que todo el mundo subdesarrollado, bajo múltiples formas y matices adecuados a las muy diferentes
historias y niveles de desarrollo de cada país, América Latina abrazaba el ideario desarrollista. En marzo de
1962, la Conferencia sobre Educación y Desarrollo Socio-económico para América Latina, celebrada en
Santiago, en la Universidad Técnica del Estado y organizada por la ONU, UNESCO, CEPAL, FAO, OIT y
OPS, bajo la inspiración de Prebisch, formuló el discurso de la época: “Reconocemos que estos son tiempos
urgentes, tiempos de esfuerzos y siembra. Son asimismo tiempos de desafíos y peligros. Hay una imperiosa
necesidad de dar batalla contra los inevitables aliados del desarrollo económico insuficiente: aguda pobreza,
ignorancia y desesperación. Hay una urgente necesidad de incluir a millones de habitantes de nuestro
continente lo más pronto posible en los beneficios y oportunidades ofrecidos por la educación, la cultura y el
desarrollo económico del siglo XX. Los pueblos no pueden esperar más tiempo y su insatisfacción ya no
puede ser ignorada.”
De esta manera lo que se ha denominado el Estado desarrollista de bienestar social latinoamericano se
adentraba en Chile en su época de auge. Ibáñez había terminado su segundo período presidencial derogando
la llamada Ley de Defensa de la Democracia que mantenía fuera de la ley al Partido Comunista, y
promulgando una nueva ley electoral (1957), que puso coto a la extendida práctica del cohecho, con lo cual
limitó seriamente el declinante poder de los latifundistas. El Presidente Jorge Alessandri, por su parte, quién
derrotó por un margen estrechísimo a Salvador Allende en la elección de 1958, promulgó la primera ley de
reforma agraria (1962) Dicha ley, dictada bajo presión de los EE.UU., aunque muy limitada – se la llamó la
reforma “de macetero” -, sin embargo, ayudó a despejar el camino para la reforma más avanzada aprobada
durante el gobierno siguiente.
La fase culminante del período se inició con la elección del Presidente Eduardo Frei Montalva (1964 - 1970).
Ofreció una “Revolución en Libertad,” como alternativa al programa socialista de Salvador Allende, a quién
derrotó en su tercer intento como candidato de la izquierda – había participado en la elección de 1952, y
nuevamente en 1958 como se ha mencionado -, esta vez por un amplio margen puesto que la derecha votó
masivamente por él para detener a Allende. El gobierno de Frei inició inmediatamente una gran reforma
educacional que en pocos años duplicó la matrícula – se establecieron dos jornadas en todos los
establecimientos públicos – y la entrega de alimentos escolares. Adicionalmente, la reforma mejoró los
programas de enseñanza y subió el nivel básico obligatorio de 6 a 8 años, reduciendo el ciclo secundario a
cuatro años, e introduciendo una alternativa de educación técnica en este nivel. Además, creó un sistema
nacional de admisión a las universidades basado en una prueba de aptitud académica, entre otros logros de
gran alcance.
Las universidades fueron sacudidas por un vasto proceso de reforma encabezado por los estudiantes. Se
inició en la Universidad Técnica del Estado, donde un movimiento encabezado por el presidente de la
Federación de Estudiantes, FEUT, Alejandro Yánez, que se denominó “Universidad para Todos,” logró en
pocos años duplicar la matrícula general del sistema universitario. Le siguieron otros en la Universidad
Técnica Federico Santa María y la Universidad Católica de Valparaíso.
En 1967, la Universidad Católica de Chile, hasta entonces bastión del conservadurismo, fue sacudida por una toma. La Federación de Estudiantes, FEUC, encabezada por Miguel Ángel Solar, logró la elección de autoridades progresistas y modernizar completamente los métodos y contenidos académicos de esa universidad.
En 1968, la reforma estalló en la Universidad de Chile, la más importante del país y logró asimismo democratizar el sistema de gobierno universitario y modernizar completamente los sistemas de enseñanza, además de dar un fuerte impulso a la investigación y extensión universitaria. La consigna inspiradora del movimiento fue tomada del fundador de la universidad en el siglo XIX, el insigne intelectual venezolano, Andrés Bello “Por una universidad cuyo
norte sean Chile y su pueblo.” Sus impresionantes resultados se pueden resumir en el hecho que entre 1967 y
1973 las universidades chilenas duplicaron su tamaño.
La ley de salud de 1950, que creó el SNS como se ha mencionado, fue complementada en 1952 por la Ley de
Medicina Preventiva y, en 1968, con la creación del Servicio Médico Nacional de Empleados, SERMENA,
orientado a los empleados de “cuello blanco.” Finalmente, el gobierno de Allende unificó estos servicios en
un Servicio Único de Salud. En este punto, se había logrado crear una red nacional de hospitales y
consultorios que alcanzaba todo el territorio y que era capaz de ofrecer una cobertura prácticamente universal
en varias áreas claves, como maternidad y partos, por ejemplo. En Noviembre de 1970, como primera
medida de su recién asumido gobierno, el Presidente Allende empezó a distribuir a través de esta red medio
litro de leche a todos los niños de Chile y todavía hoy todos los niños chilenos tienen este derecho – a pesar
de que durante la dictadura de Pinochet, en un breve período en que su futuro Ministro de Hacienda Hernán
Buchi ejerció como Subsecretario de Salud, se le ocurrió la brillante idea de reemplazar la leche por soya,
porque era más barata.
El sistema de pensiones, creado en 1924 como se ha mencionado, fue reformado en 1952, con la creación del
Servicio de Seguro Social (SSS). Las pensiones y beneficios relacionados fueron mejorados y ampliados
sucesivamente, a medida que nuevos contingentes de trabajadores eran incluidos en el sistema mediante
sucesivas extensiones de la cobertura del SSS, o la creación de nuevas Cajas de pensiones. Este proceso
culminó en 1973, cuando el gobierno de Allende extendió los beneficios del SSS a los trabajadores
informales, incluyendo a los campesinos, comerciantes y otros trabajadores independientes y de hecho
transformándolo en un sistema universal.
Sin embargo, la reforma de Allende no alcanzó a ponerse en práctica sino en forma muy limitada, puesto que a los pocos meses de anunciada se produjo el golpe militar.
A pesar de ello, todavía hoy muchos trabajadores independientes, numerosos taxistas, por ejemplo, son
beneficiados por este sistema. El sistema público todavía otorga pensiones a tres de cada cuatro adultos
mayores y a nueve de cada diez mayores de 70 años, que son mujeres en dos terceras partes. Los montos de
las mismas son el doble o más de las que ofrecen las AFP a personas con historias laborales similares.
Adicionalmente a su compromiso con el desarrollo económico y las políticas sociales, el Estado se tornó cada
vez más confrontacional con las oligarquías tradicionales, y el capital extranjero que dominaba los enclaves
mineros. El Estado desarrollista promovió en forma cada vez más activa y explícita un “cambio en las
estructuras económico - sociales,” como se decía en ese entonces. Mientras tanto, nutría, educaba, protegía y
fomentaba tanto a la naciente fuerza de trabajo asalariada, como al joven empresariado. Éstos, por su parte,
junto a las emergentes clases medias urbanas, constituyeron las bases principales de sustento político de la
estrategia desarrollista. Crecientemente, los campesinos se sumaban a esta alianza, a medida que empezaban
a despertar a la agitación social y política, hacia la segunda mitad de los años 1960.
Los grandes hitos de este proceso son la Ley de Sindicalización Campesina y la Ley de Reforma Agraria, aprobadas ambas en 1967, bajo la presidencia de Frei Montalva. Adicionalmente, la Ley de Nacionalización del Cobre, promulgada el 11 de agosto de 1971 con la aprobación unánime del parlamento chileno, bajo la presidencia de Salvador Allende Gossens.
Estas leyes permitieron la expropiación legal de prácticamente todas las tierras y sus aguas, todos los
minerales. Así como las principales empresas que los explotaban, exceptuándose los pequeños campos y
minas, los que no fueron expropiados. En apenas cinco años, entre 1969 y 1973, durante los últimos años del
gobierno de Frei y principalmente durante el gobierno de Allende, se llevó a cabo este proceso de forma
rápida, drástica y masiva, según las palabras de Jacques Chonchol, principal arquitecto de la reforma agraria.
No es bien conocido que estas leyes fueron cumplidas asimismo en lo fundamental – a su estilo brutal, como
se verá – por la dictadura de Pinochet. Más aún, como se argumentará, estas gigantescas transformaciones
socio-económicas realizadas por los gobiernos que llevaron la experiencia chilena del Estado desarrollista a
su clímax reformista y revolucionario, establecieron las fundaciones del acelerado desarrollo capitalista de
Chile durante las décadas siguientes.
Adicionalmente a las medidas mencionadas, el gobierno de Allende nacionalizó todo el sistema bancario y
buena parte de las grandes empresas industriales, que habían crecido al amparo de la política de sustitución
de importaciones. Algunos de sus partidarios más extremistas lograron asimismo tomar control de unas pocas
empresas medianas, y aún una que otra pequeña, incluyendo algunas parcelas agrícolas. Sin embargo, su
número resulta ridículamente pequeño para el enorme griterío que armaron entonces a este respecto los
opositores al gobierno de Allende, como se verá. Contrariamente a las medidas descritas más arriba, las que
resultaron en definitiva irreversibles, estas otras fueron inmediatamente revertidas por la dictadura de
Pinochet en la secuelas del golpe militar (Illanes-Riesco 2007).
Un aspecto de la estrategia desarrollista que no ha sido suficientemente destacado se refiere a sus iniciativas
visionarias en lo que respecta a la integración regional. La primera tuvo lugar en 1958, pero aquella que
todavía es la más ambiciosa y amplia, la Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALALC, luego
ALADI), fue creada por el Tratado de Montevideo, firmado el 18 de febrero de 1960. Abarcó a todos los
principales países de AL y logró funcionar a lo largo de una década, aplicó diversas rebajas arancelarias y
estableció un Secretariado, siguiendo el modelo del Mercado Común Europeo. CEPAL, inspirada por
Prebisch, y Chile bajo la presidencia de Frei Montalva y luego Allende, fueron los principales promotores de
la iniciativa, junto a gobiernos progresistas de toda la región incluyendo hasta México en el otro extremo.
Dada la presencia de regímenes militares conservadores en Brasil y Argentina, Chile junto a Perú, Bolivia,
Ecuador, Colombia y Venezuela, firmaron el todavía más avanzado Acuerdo de Cartagena el 26 de mayo de
1969. Creó la Comunidad Andina de Naciones (CAN) como segunda mejor alternativa, trasplantando las
instituciones de ALALC, las que todavía operan allí, incluyendo el Banco Andino de Fomento (1969) y una
sede moderna y grande en Lima, entre otras instituciones, siguiendo el modelo europeo.
Figurativamente, el desarrollismo LA alcanzó su cenit el 29 de noviembre de 1971, cuando en el hermoso e
imponente auditorio circular de la sede de CEPAL en Santiago, el gran economista argentino Raúl Prebisch,
ofreció la tribuna al Presidente Fidel Castro, a la sazón de visita en Chile invitado por el gobierno de
Salvador Allende. Ante un auditorio que reunía a lo mas granado de la intelectualidad LA, autoridades de
NN.UU. y el gobierno chileno, y a todo el cuerpo diplomático, Fidel pronunció un discurso notable en el que
repasa la manera como la Cuba revolucionaria había ido cumpliendo el programa de CEPAL. Tras cada uno
de sus asertos referidos a nutrición, salud, educación, industrialización, energía, etc., así como un alegato
ferviente a favor de la integración regional, Fidel pedía la aprobación de Raúl Prebisch, sentado a su lado.
¿No es verdad, Dr. Prebisch? - preguntaba Fidel en cada ocasión - ¡Así es, Sr. Presidente! - asentía el insigne
fundador de CEPAL y principal inspirador de esta estrategia.
La derrota de la revolución determinó la temprana, extremista y prolongada, versión chilena del "Consenso de Washington"
La culminación revolucionaria de la experiencia chilena del Estado desarrollista en relación a la
transformación socioeconómica del país, será vista probablemente con el tiempo como su rasgo más
elocuente, progresista y perdurable. Constituyó la coronación de su magnífica herencia de desarrollo
económico y social en condiciones de democracia.
El impacto de estas radicales medidas sobre la futura modernización del país fue inmenso e irreversible. De otro lado, la violenta terminación de la experiencia desarrollista en 1973, iba a tener profundas consecuencias sobre las políticas económicas y sociales adoptadas en los años y décadas siguientes. Debido a este fenómeno político, el paradigma de desarrollo Neoliberal que emergía en esos momentos, iba a ser aplicado en Chile en forma pionera y extrema.
En suma, el clímax revolucionario del Estado desarrollista iba a tener repercusiones históricas de muy largo alcance.
Los militares tomaron el poder en Chile en medio de un clima político que favorecía las posiciones de la
derecha más extrema, en la medida que el imperativo inicial del nuevo gobierno era suprimir un movimiento
revolucionario de inspiración socialista. El gobierno que echaron abajo y el Presidente a quién empujaron a la
muerte, habían sido objeto de los ataques más feroces durante el curso de la revolución sobre la cual ellos
presidieron. Éstos provenían de poderosos enemigos tanto del interior del país como del extranjero.
El deseo de revancha era extendido en las clases altas chilenas, las que habían sido afectadas por años de
reformas y revolución. Se dirigía contra los partidarios de la Unidad Popular, pero se extendía asimismo
contra todos aquellos que consideraban sus cómplices y a quienes culpaban de abrirle paso a los cambios
llevados a cabo por Allende.
Asimismo, una buena parte de las capas medias llegó a compartir la rabia de las clases altas contra el
gobierno de Allende, aunque por razones bien diferentes. Principalmente, debido a su desazón y temor en
aumento, además de su creciente cansancio, frente al curso cada vez más caótico que seguían los
acontecimientos. La estrategia de la intervención estadounidense y la derecha, que crecientemente fue
asumida por el conjunto de la oposición a Allende, mantuvo como línea principal el esforzarse al máximo en
provocar y acentuar un clima de caos – se recordará que Nixon le ordenó a Kissinger que la CIA hiciera
“aullar” la economía chilena.
Contaron para ello, adicionalmente, con la ayuda inestimable de los elementos más extremistas entre los partidarios del proceso revolucionario. Éstos jugaron un papel desestabilizador, aunque éste en definitiva fue muy menor, pese a que lo actuaron con estridencia y frenesí que los medios de comunicación derechistas se refocilaban en destacar a diario. El gobierno de Allende parecía incapaz de restablecer un cierto orden, en primer lugar entre sus partidarios y luego, especialmente, frente a la cada vez más abierta insurrección derechista.
Para ponerlo en términos lisos y llanos, el odio era moneda corriente entre los que se oponían al gobierno de
Allende al momento del golpe militar. Estaba dirigido principalmente contra las ideas revolucionarias y
socialistas – y en Chile la ideología en que había devenido el desarrollismo era considerada con justeza bien
socialista y revolucionaria -, pero también contra las ideas progresistas más moderadas. Adicionalmente,
desde luego, contra todos cuantos las hubiesen sustentado, con nombre y apellido. En tal clima político, no es
de extrañar que aquellos dispuestos entonces a actuar de la manera más brutal contra Allende y sus
partidarios – empezando por el mismo Pinochet y sus secuaces al interior de las FF.AA., lograran imponerse
con facilidad entre los militares. Por el mismo motivo, tampoco es raro que los nuevos líderes militares se
apartasen de la estrategia desarrollista que las FFAA habían impulsado hasta entonces en toda América
Latina, y también en Chile.
Los nuevos jefes militares, en cambio, pronto prestaron oídos a un grupo de economistas derechistas, quienes
les presentaron un completísimo programa alternativo de desarrollo – los jefes de la Armada desde el primer
momento. Lo habían venido preparando desde el gobierno de Frei Montalva y el mismo estaba dirigido en
contra del paradigma desarrollista, al cual culpaba de la “decadencia” de Chile durante el siglo XX. Los
líderes del grupo eran vástagos de viejos terratenientes expropiados por la reforma agraria, quiénes habían
sido formados en la Universidad de Chicago. Abrazaron con fanatismo las ideas de Milton Friedman,
especialmente su rasgo anti-estado lindantes en el anarquismo burgués, y su desafiante y despiadado
contenido anti-trabajadores.
Sin embargo, aún en el caldeado clima político posterior al golpe de 1973, el programa alternativo no hubiese
tenido ninguna posibilidad de imponerse en forma duradera, si hubiese intentado cuestionar los logros
principales del período anterior, especialmente la reforma agraria y la nacionalización del cobre. Mucho
menos, si hubiera intentado revertirlos. De hecho, mantuvieron su vigencia, en lo principal, aún después del
golpe militar. En segundo lugar, demostraron cierta concordancia gruesa con la nueva estructura socioeconómica
que había emergido en Chile, como resultado principalmente de las políticas aplicadas durante el
medio siglo anterior. Finalmente, resultaron bien sincronizadas con la nueva ola de globalización que por
entonces se empezaba a desplazar por el escenario económico internacional. Las tres condiciones señaladas
fueron satisfechas por el programa de los “Chicago Boys,” especialmente las dos últimas, las que suscribían
con entusiasmo fanático, al mismo tiempo que aceptaban a regañadientes la primera, que era probablemente,
de lejos, la más importante.
Una estructura socio-económica algo más moderna había surgido ya en el país, especialmente, en la medida
que el viejo sistema agrario había sido recién abolido por la fuerza. La composición emergente demostró ser
terreno fértil para las nuevas políticas. Los más pudientes constituyeron una base política perdurable para el
nuevo paradigma de desarrollo. Estos sectores, que hoy disfrutan de una situación económica francamente
buena, todavía mantienen su fervorosa adhesión al “modelo,” aunque éste haga agua por todos lados a ojos
vista. Las nuevas elites empresariales, criadas en condiciones como las descritas, le han proporcionado un
respaldo inquebrantable. Abrazaron el ideario Neoliberal con un fervor casi religioso.
Esto no parece haber ocurrido en la misma medida en otros países, como Brasil, por ejemplo, por nombrar el
más importante. Allí, la acogida al Neoliberalismo por parte de las elites empresariales nunca fue demasiado
entusiasta. Más bien, mantuvieron allí cierto grado de adhesión al ideario desarrollista. Quizás, ello se
explique en parte, porque este último fue llevado a su culminación allá, no por gobiernos reformistas o
revolucionarios, sino por regímenes militares bien conservadores. De hecho, algunos aspectos claves del
nuevo paradigma económico, como rebajar las tarifas aduaneras, por ejemplo, fueron posibles de
implementar en Chile muy tempranamente, en buena medida, debido a que no existían ya las fuerzas sociales
y políticas conservadoras que se opusieron entonces exitosamente a dichas medidas en otros países
Latinoamericanos. Ellos habían sido barridos, en Chile, por la revolución. El espectro de la revolución, por
otra parte, hizo que los nuevos empresarios estuvieran dispuestos a aceptar los considerables sacrificios que
dichas medidas significaron para ellos mismos, al menos inicialmente.
Los escalafones superiores de las nuevas clases medias, por su parte, proporcionaron también un soporte
duradero al nuevo modelo. Éste muy pronto les proporcionó una atractiva variedad de productos y servicios –
incluyendo más adelante servicios sociales diferenciados – que ellos estaban en condiciones de pagar. Y
estos sectores se encontraron bien pronto en muy buena situación, puesto que rápidamente se embolsaron la
parte del león del ingreso nacional. Conformaron la base de un bloque en el poder que ha logrado sobrevivir
a la dictadura y aún mantiene un control decisivo sobre los asuntos nacionales. Sin embargo, deben su
existencia y sostienen su actividad y poder económico sobre las espaldas del otro actor social surgido de todo
este proceso, - de muy lejos el más masivo y determinante - los millones de trabajadores, en su mayoría
urbanos, que constantemente entran y salen de trabajos asalariados muy precarios.
De este modo, el éxito radical del desarrollismo en transformar la vieja estructura social, de algún modo
parece haber creado a sus propios enterradores.
El período posterior al golpe de 1973 se divide a su vez en dos etapas muy diferentes. Sólo la dictadura de
Pinochet y sus asesores los “Chicago Boys” hicieron gala de su adhesión a la escuela neoliberal. La segunda
transcurre, en cambio, bajo la conducción de gobiernos democráticos, cuyos dirigentes e inclusos sus
economistas por regla general se declararon más bien críticos a ese tipo de formulaciones.
Por otra parte, es un hecho que mantuvieron en lo fundamental los lineamientos estratégicos del período en
su conjunto. Principalmente, el énfasis unilateral en crear las mejores condiciones posibles para el desarrollo
de los mercados y los negocios en un contexto de apertura indiscriminada al comercio e inversión extranjeras
- la cual durante este lapso volvió a apoderarse de la mayor parte de las riquezas naturales. Con el
distorsionado sesgo adicional de estimar necesaria y conveniente la contención tanto de la injerencia del
Estado como de las demandas sociales.
Ciertamente, el sesgo aludido se ha refrenado en relación al extremismo de los “Chicago Boys.” De este
modo, durante esta fase, la segunda de las grandes estrategias de desarrollo ha adquirido en Chile contornos
cada vez más moderados, similares en cierta medida a los que ha adoptado en otros países de la región. Sin
embargo, esta orientación se ha continuado evidenciando, siendo asimismo significativa en el ámbito de las
políticas sociales. Por este motivo, parece justificado considerar a todo el período posterior al golpe militar
como conformando una misma estrategia, que en América Latina ha recibido la denominación del "Consenso
de Washington."
No es éste el espacio para analizar en detalle este período, cuyos supuestos éxitos han sido proclamados con
bombos y platillos por todo el mundo a lo largo de más de tres décadas, y cuya crítica ha constituido y
constituye buena parte de la labor de este autor y CENDA, la institución donde trabaja. Interesa acá, por el
contrario, resaltar el período que lo precedió, el que ha sido en cambio demonizado a lo largo de todo este
tiempo.
Sin embargo, hay que constatar que hacia fines del siglo pasado, la segunda estrategia sería adoptada de uno
u otro modo por todos los países que conformaron el mundo subdesarrollado del siglo XX. Lo que resultó
más sorprendente fue que sería asumida asimismo por casi todos aquellos que conformaron entonces el
campo socialista. Como enseña el materialismo histórico, un fenómeno tal, cuyas dimensiones abarcaron a
buena parte de la población del planeta, no se puede explicar sino por razones muy profundas, ligadas a la
evolución de la estructura socio-económica. Muy posiblemente, en todos los casos, al igual que en Chile, la
estrategia anterior había creado las condiciones para su surgimiento.
En otras palabras, el éxito del desarrollismo - bajo todas las muy diversas expresiones que adoptó en el mundo del siglo XX - en su doble tarea de progreso económico y social, puede haber creado las bases para su propia obsolescencia.
La nueva estrategia, sin embargo, adoptó formas que han sido asimismo muy distintas unas de otras, tal como
ocurrió con la anterior. Adicionalmente, el tránsito de una a otra se ha efectuado en algunos países de un
modo relativamente gradual y controlado, sin grandes destrucciones de la obra del período anterior. En otros,
en cambio, ha significado trastornos muy dolorosos. La forma que adoptó en Chile - determinada, como se ha
insistido, por su origen en un golpe militar contra-revolucionario -, resultarían una de las más extremas y
dañinas de todas.
Ahora, cuando a su turno parece haber entrado en declinación definitiva (Ffrench-Davis et al 2007), es quizás
el momento de evaluar los resultados del período anterior en su conjunto 4 , y de cada uno de los modelos que
lo componen. Como se puede apreciar en lo que sigue, de dicha comparación surge en toda su fuerza la
inmensa obra progresista del desarrollismo, varias de cuyas ideas centrales en la actualidad inspiran la nueva
estrategia que parece emerger.
Resultados de las estrategias el Estado a lo largo de un siglo
Las dos grandes estrategias del Estado durante el siglo pasado marcan contrastes entre sí que no pueden ser más violentos. Sin embargo, el fenómeno que transcurre en trasfondo de ambas les imprime asimismo significativos aspectos de continuidad. Los campesinos tradicionales se han extinguido en buena medida. Su dolorosa transformación en precarios asalariados urbanos constituye la principal epopeya del siglo.
La población se multiplicó por cuatro desde 1929, alcanzando 16,4 millones el 2006. Sin embargo, la
población rural permaneció estancada en los mismos 2,2 millones de entonces, al tiempo que su proporción
se ha reducido al 13% en el 2006. Mientras tanto, los habitantes de las cinco principales ciudades se
multiplicaban más de seis veces y los de Santiago más de siete. Adicionalmente, quienes hoy viven en el campo son bien diferentes a los de entonces, de hecho, como se verá, la mayoría son asalariados precarios.
Medida entre 1929, 1971 y 2006, años de auge en los respectivos ciclos económicos, la producción
manufacturera creció rápidamente durante el desarrollismo (4.3% de promedio anual entre 1929 y 1971) y a
ritmo menor durante el período siguiente (2.5% de promedio anual entre 1971 y 2006). Como era de
esperarse, el comercio exterior creció más con el consenso de Washington que con la estrategia anterior, que
ha recibido también el nombre de sustitución de importaciones. Las exportaciones representan el 40% del
producto interno bruto (PIB) en 2006; sin embargo, los principales rubros continúan siendo materias primas
escasamente elaboradas (cobre, fruta, vino, pescado, productos forestales), lo que es apreciado como una
importante debilidad.
El PIB ha crecido casi catorce veces entre 1929 y 2006. Ello se debe en parte a que el producto por trabajador
se ha triplicado. Sin embargo, la razón principal es que la fuerza de trabajo se ha casi quintuplicado. De este
modo, el número de personas en disposición a contratarse creció bastante más que la población, debido
principalmente a que las mujeres trabajadoras aumentaron más de ocho veces.
Sin embargo, el comportamiento de ambos factores difiere sustancialmente en los sucesivos períodos
estratégicos. Resulta sorprendente comprobar que el crecimiento económico durante el período desarrollista
(3,1% anual promedio) se explica en mayor medida por el incremento intensivo de la productividad (1,6%
anual) 6. En cambio, ésta aumenta a menor ritmo durante el consenso de Washington (1,2% anual). Por su
parte, el aumento apenas algo más dinámico del PIB alcanzado durante el consenso de Washington (3,8%
anual), se explica principalmente por el crecimiento numérico de la fuerza de trabajo. Éste, era moderado
durante el desarrollismo (1,5% anual), sin embargo, se dispara (2,6% anual) en el segundo período,
principalmente debido a la masiva incorporación de las mujeres (3,9% anual) (Cuadro anexo 2). Es decir, el
“milagroso” crecimiento del PIB durante el segundo período resulta en promedio muy poco superior al del
logrado por el desarrollismo – a pesar que el primero incluye la Gran Depresión -, y se explica principalmente ¡por la incorporación masiva de las mujeres a la fuerza de trabajo!
Este fenómeno es de gran significación. En parte puede deberse a que el grueso de la migración de los
campesinos transcurre durante el primer período, mientras la incorporación de las mujeres se acelera durante
el segundo. Mientras los primeros permanecían en su condición tradicional, su número se contabilizaba en la fuerza de trabajo pero su producto se destinaba en buena parte al consumo propio o de los hacendados y no se reflejaba en el PIB. Al migrar a la ciudad su trabajo se destina en medida mucho mayor a producir mercancías, ya sean bienes o servicios, que sí se reflejan en el PIB, mientras no se afecta la magnitud de la fuerza de trabajo.
De este modo, la productividad promedio crece considerablemente. En el caso de las dueñas de casa, en cambio, su incorporación a la fuerza de trabajo incrementa tanto su número como el valor producido. Es decir, aumentan simultáneamente el denominador y el numerador de la productividad, y su magnitud no cambia apreciablemente.
Adicionalmente, como es sabido, la teoría económica muestra que el incremento de la productividad depende
de modo principal del aumento en la calificación de la fuerza de trabajo, el cual se relaciona con su nivel
sanitario y educacional. De este modo, el rápido incremento de la productividad durante el desarrollismo se
puede explicar asimismo por el extraordinario esfuerzo realizado por el Estado para mejorar la salubridad y
educación de la fuerza de trabajo. Éste fue descuidado, en cambio, durante el segundo período, especialmente
bajo la dictadura, como se verá.
La fuerza de trabajo chilena actual presenta sorpresas no menores, que trastocan completamente arraigadas
concepciones al respecto. La misma ha crecido enormemente, como se destacado, y aparece conformada en
su abrumadora mayoría por asalariados, principalmente urbanos, con empleos altamente precarios, que rotan
constantemente entre el trabajo formal e informal, y en el caso de las mujeres entre la participación y la
inactividad.
De este modo, en un instante dado, cerca de un tercio aparece con empleos informales, mientras
generalmente uno de cada diez están desocupados en el caso de los hombres, mientras casi un tercio de las
mujeres trabajadoras aparece como inactivas. Sin embargo, casi todos y todas transitan constantemente entre
estas categorías. No más de uno de cada diez mantienen empleos asalariados a lo largo del tiempo, y menos
de cinco en cada cien son trabajadores por cuenta propia asimismo estables.
La moderna fuerza de trabajo chilena no se ha conformado de este modo de la noche a la mañana. Es largo el
camino recorrido desde 1930, año en el cual el censo de población comprobó que por primera vez los
habitantes de ciudades y pueblos lograron igualar el número de campesinos. En ese momento, la relación
laboral predominante era el inquilinaje, algunas de cuyas formas se extendían de cierta manera a las oficinas
y campamentos mineros, donde los campesinos eran arrastrados mediante un procedimiento más o menos
forzoso denominado “enganche” a enclaves donde las empresas los proveían de todo, al igual que en las
haciendas (Illanes – Riesco 2007).
La crisis de 1930 provocó el primer gran remezón en el régimen laboral tradicional. En poco más de dos
años, expulsó a cinco de cada seis trabajadores de las salitreras, que constituían, de lejos, la mayor
concentración obrera de entonces (Illanes-Riesco 2007)7. Paralelamente, la migración campesina se aceleró
hasta alcanzar un ritmo máximo a mediados del siglo y mantuvo un ritmo muy rápido hasta los años 1980,
para luego empezar declinar. El segundo gran remezón fueron las expulsiones masivas de
campesinos posteriores al golpe de 1973. 8
Por otra parte, el proceso de privatizaciones y desmantelamiento del servicio público civil en general y
especialmente de los servicios sociales, incidieron significativamente en la conformación de la estructura de
empleo actual. Las estadísticas de CEPAL constatan que la proporción de funcionarios del Estado se redujo
del 20% al 10% de la fuerza de trabajo, aproximadamente. Los fenómenos anteriores se vieron reforzados
por la severa crisis económica de 1981-85, durante la cual la cesantía alcanzó a cerca de uno de cada tres
miembros de la fuerza de trabajo, si se incluyen los programas de empleo de emergencia. La crisis significó
grandes desplazamientos de la fuerza de trabajo (Illanes-Riesco 2007).
Las cifras muestran que la participación de los trabajadores en la distribución del ingreso ha corrido a parejas
con su influencia en la sociedad. Ambos han variado de manera dramática a lo largo del siglo. El golpe
militar, como se sabe, significó una discontinuidad violenta en lo que respecta al poder e influencia de los
trabajadores, que todavía no se recupera .
Los resultados de los cambios señalados en el sistema de relaciones laborales y la estructura del empleo son
impactantes en lo que se refiere a las políticas salariales, participación del factor trabajo en la renta nacional,
y consecuentemente sobre la distribución del ingreso. Si se considera el período estudiado en su conjunto,
desde 1929 al 2006 las remuneraciones reales promedio, se multiplicaron más de cuatro veces.
Sin embargo, el mejoramiento tuvo lugar exclusivamente durante el período desarrollista. Al contrario, se recortaron
brutalmente tras el golpe de Estado, lo que apenas ha logrado ser compensado con su recuperación posterior
a 1990. La política de los gobiernos democráticos en materia de remuneraciones ha sido en general conservadora. Ha formulado el objetivo explícito de mantener los incrementos salariales reales por debajo del incremento en la productividad del trabajo, lo cual implica necesariamente un deterioro en la participación del factor trabajo en el producto. El promedio general de salarios de todos los trabajadores del país recuperó su nivel anterior al golpe recién en diciembre de 1999, mientras varios sectores como el profesorado todavía están por debajo de aquel.
El índice de sueldos y salarios reales del 2006 se encuentra sólo un 20% por encima del nivel que alcanzó más de tres décadas atrás.
El pago al factor trabajo considerado en su conjunto creció más de 20 veces desde 1929 - medido como el
aumento en remuneraciones multiplicado por el que experimentó la fuerza de trabajo. Durante el
desarrollismo, ello se debió principalmente al crecimiento rápido de las remuneraciones promedio (+3,1%
anual), como asimismo al más moderado de la fuerza de trabajo (+1,6% anual). Durante el consenso de
Washington, por el contrario, ello se originó en el crecimiento muy rápido de esta última (+2,6% anual), el
que compensó en parte la fuerte caída salarial durante la primera década de dictadura (-2,0% anual) y su
estancamiento en el período en su conjunto (+0,5% anual). El detrimento de las remuneraciones fue tan
severo, que el crecimiento del pago al factor trabajo (3,2% anual) fue inferior al crecimiento del PIB (3,8%
anual), a pesar del rapidísimo incremento de la fuerza de trabajo .
En los años de culminación del período desarrollista, el avance del factor trabajo en el ingreso fue extraordinario. En el ciclo económico 1958-1971, el PIB creció a un ritmo anual record (4,1% anual promedio), sin embargo, el pago al factor trabajo creció todavía mucho más rápido (7,2% anual), impulsado principalmente por el incremento de remuneraciones, que fue extraordinario durante esos años (5,8% anual)
El aumento del pago al factor trabajo relativo al PIB es – de lejos - el factor que más incide en la distribución
del ingreso. De este modo, las cifras expuestas demuestran de modo fehaciente que la distribución del
ingreso en Chile ha experimentado cambios muy grandes a lo largo del siglo.
Recapitulando, entre 1929 y 2006, el PIB se multiplica catorce veces mientras el pago al trabajo lo hace veinte veces. Es decir, hay un mejoramiento significativo de su participación en el ingreso. Sin embargo, éste se verifica sólo durante el período desarrollista, cuando el PIB se multiplica por 3,7 mientras el pago al factor trabajo se multiplica por
6,8. En cambio, durante el consenso de Washington, mientras el PIB se vuelve a multiplicar por 3,7 el pago
al trabajo solo se multiplica por 3,0 lo que implica un retroceso relativo significativo.
Estas cifras contradicen tajantemente un reciente estudio del Banco Mundial (De Ferranti et al 2004), que
argumenta que la desigualdad en América Latina sería un problema secular sin muchas variaciones desde
tiempos coloniales, y que no ha sido afectada negativamente por las políticas del consenso de Washington.
Al menos en Chile no fue así.
En el caso chileno la acción del Estado y especialmente sus políticas sociales lograron avances bien notables,
que persisten hasta hoy a pesar de su relativo desmantelamiento por la forma extrema que adoptó en este país
el llamado consenso de Washington. Entre 1929 y 2006, mientras el PIB se multiplicó catorce veces como se
ha visto, el gasto público aumentó casi treinta veces y el gasto social se multiplicó por más de cien. El
crecimiento mayor fue en educación y especialmente en salud. El balance fiscal de pensiones dejaba un
excedente hasta 1981, sin embargo, tras la privatización de las contribuciones a la seguridad social, su déficit
absorbe buena parte del gasto público social, capturando buena parte de la recuperación del mismo posterior
a 1990.
Sin embargo, casi todas las realizaciones de las políticas sociales tienen lugar durante el desarrollismo,
mientras las mismas se desmantelan durante la dictadura, y se estancan en el consenso de Washington
considerado como un todo. El incremento del gasto público social durante el primer período casi duplica al
del PIB, mientras en el segundo crece significativamente menos que este último. El ritmo anual de
crecimiento del gasto en educación y salud es más del doble durante el primer período en relación al
segundo. De este modo, mientras durante el desarrollismo se verificó un incremento sostenido de la
participación del gasto público social en el PIB, lo contrario se verificó durante el segundo período
considerado en su conjunto.
Por otra parte, durante el desarrollismo se crearon sistemas públicos de tipo universal que alcanzaron una
extraordinaria cobertura. Durante el período siguiente, en cambio, se desmantelaron significativamente los
sistemas públicos y se buscó la privatización de los mismos, la cual se logró en buena medida en pensiones y
educación, aunque mucho menos en salud. Por otra parte, se abandonó la concepción universal para enfatizar
la focalización de un reducido gasto público en los sectores más pobres. Ello se aprecia con claridad en los
casos de educación y previsión y explica su crisis actual.
El Presidente Mártir será emblema de la época que emerge en América Latina
El Presidente Allende fue un héroe trágico. El gobierno de la Unidad Popular albergó en sus entrañas la
grandeza y el error 12 que constituyen la esencia de todas las tragedias clásicas. La primera debe ser siempre
remarcada, al menos hasta que sea reconocida oficialmente por la nación chilena en las dimensiones
históricas que se merece. Como se ha expuesto, los acontecimientos que tuvieron lugar en Chile por esos
años fueron la culminación de un proceso que se desenvolvió con fuerza creciente a lo largo de medio siglo,
empujado desde abajo por las fuerzas populares y de una u otra manera por todos los gobiernos del período.
Su culminación en la revolución encabezada por el gobierno de la Unidad Popular estableció de manera
irreversible las bases del Chile moderno.
Todo lo que sobrevino después, hasta el día de hoy, está determinado por los sucesos de esos años.
La gigantesca obra realizada por ese proceso, en apenas unos pocos años, sólo podía llevarse a cabo de la
forma radical en que fue hecha. A la manera revolucionaria en que se efectuó. Con toda su efectividad, sin
embargo, la revolución chilena transcurrió en lo principal en forma legal, con pleno respeto por las libertades
públicas, fue bien escrupulosamente legal y notablemente ordenada y pacífica, si se toman en cuenta sus
formidables dimensiones históricas. Ello le ganó a este proceso que tuvo lugar en un país muy pequeño y
ubicado en el borde mismo del mundo, un lugar destacado entre las revoluciones modernas. En virtud de esta
singular proeza, el pueblo de Chile y el Presidente Allende lograron un espacio imperecedero de cariño y
respeto en el corazón de millones de seres humanos en todo el planeta.
En la actualidad, se aprecian en América Latina expresiones inequívocas del surgimiento de una nueva
estrategia de desarrollo, en una dirección que se aleja del predominio hegemónico neo-liberal. En la región
está surgiendo la que posiblemente será una de las grandes potencias económicas del siglo que se inicia.
Conscientes de la necesidad de construir un espacio mayor que aspire a tener soberanía en el marco de
bloques económicos gigantescos a nivel mundial, la estrategia de los mayores países de América del Sur,
Brasil y Argentina, se ha orientado de manera sistemática en el curso de la última década a su construcción.
Al mismo tiempo han logrado plegar a dicha estrategia a otros países en un proceso complejo, en que
persisten las convulsiones propias de fases más tempranas de su desarrollo económico-social. No puede
descartarse que la otra potencia subregional, México, pueda en su momento optar por un camino similar.
Los lineamientos generales de la estrategia emergente no son diferentes en muchos sentidos a los seguidos
por Europa y los propios EE.UU. durante buena parte del siglo XX. Consisten en generar grandes programas
estatales de desarrollo, los que al mismo tiempo fortalecen al conjunto del empresariado que ahora los ejecuta
en su mayor parte, y que tienden a dotar el espacio económico de una infraestructura moderna de energía,
comunicaciones, transporte, ciencia y tecnología, mientras al mismo tiempo impulsan industrias como la
aeroespacial y defensa, entre otras.
Ello permitirá a América Latina alcanzar un grado de soberanía capaz de contar con una política independiente en relación a los bloques establecidos y otros emergentes. Al mismo tiempo, mediante la construcción de un moderno Estado de bienestar, ofrecer un nuevo trato a su población, especialmente a los nuevos sectores medios asalariados urbanos, que se constituyen en fuerza gravitante y ejercen creciente nivel de influencia en la conducción del Estado.
Mientras tanto, la potencia hegemónica del norte lleva a cabo una estrategia de bloqueo o retraso, en cuanto
sea posible, del surgimiento de economías que a futuro puedan llegar a ser rivales potenciales. En el caso de
la región, desarrolla una política contraria a la integración subregional, tendiente a la subordinación
individual de cada uno de los países, integrándolos en un bloque económico controlado por ella misma. Ha
contado en buena medida con el apoyo de la política exterior seguida por los gobiernos chilenos hasta el
momento. Sin embargo, se manifiestan también en Chile los actores poderosos que impulsan el proceso de
integración, entre los cuales destacan las burocracias civiles y militares de los principales países y el
empresariado que hace inversión directa fuera de las fronteras. El proceso cuenta asimismo con la simpatía
de la Unión Europea, entre otros actores internacionales de significación. Como ha sido la experiencia de esta
última, las transferencias de recursos hacia los países y regiones más pobres, algunas políticas sociales a
nivel regional, y el reconocimiento universal de derechos, pueden constituirse en instrumentos importantes
para lograr una mayor adhesión al proceso por parte de los ciudadanos de los respetivos países.
Desde su muerte ha transcurrido un tercio del siglo corrido desde su nacimiento.
Finalmente, parecen deshilvanarse los amarres de un proceso de transición a la democracia que ha durado más que la dictadura que vino a reemplazar. Chile parece encaminarse a restablecer una democracia plena que permita realinear las fuerzas políticas y sociales que sean capaces de integrarlo de modo pleno en el proceso que nace.
Cuando ello ocurra, el nombre de Salvador Allende y todo lo que simboliza ocuparán el sitial que les corresponde en la historia de Chile y América Latina.
El mismo que hoy ocupa en el corazón de sus pueblos.
Confieso que he vivido. Chile, 14 de septiembre de 1973
Mi pueblo ha sido el más traicionado de este tiempo.
De los desiertos del salitre, de las minas submarinas del carbón , de las alturas terribles donde yace el cobre y lo extraen con trabajos inhumanos las manos de mi pueblo, surgió un movimiento liberador de magnitud grandiosa. Ese movimiento llevó a la presidencia de Chile a un hombre llamado Salvador Allende, para que realizara reformas y medidas de justicia inaplazables, para que rescatara nuestras riquezas nacionales de las garras extranjeras.
Donde estuvo, en los países más lejanos, los pueblos admiraron al presidente Allende y elogiaron el extraordinario pluralismo de nuestro gobierno . Jamás en la historia de la sede de las Naciones Unidas, en Nueva York, se escuchó una ovación como la que le brindaron al presidente de Chile los delegados de todo el mundo. Aquí en Chile se estaba construyendo, entre inmensas dificultades, una sociedad verdaderamente justa, elevada sobre la base de nuestra soberania, de nuestro orgullo nacional, del heroísmo de los mejores habitantes de Chile. De nuestro lado, del lado de la revolución chilena, estaban la Constitución y la ley, la democracia y la esperanza.
Del otro lado no faltaba nada. Tenían arlequines y polichinelas, payasos a granel, terroristas de pistola y cadena, monjes falsos y militares degradados. Unos u otros daban vueltas en el carrusel del despecho. Iban tomados de la mano el fascista Jarpa con sus sobrinos de Patria y Libertad, dispuestos a romperles la cabeza y el alma a cuanto existe, con tal de recuperar la gran hacienda que ellos llamaban Chile. Junto con ellos, para amenizar la farándula, danzaba un gran banquero y bailarín , algo manchado de sangre; era el campeón de rumba González Videla, que rumbeando entregó hace tiempo su partido a los enemigos del pueblo. Ahora era Frei quien ofrecía su partido demócrata - cristiano a los mismos enemigos del pueblo, y bailaba además con el ex coronel Viaux, de cuya fechoría fue cómplice. Estos eran los principales artistas de la comedia. Tenían preparados los viveros del acaparamiento, los miguelitos, los garrotes y las mismas balas que ayer hirieron de muerte a nuestro pueblo en Iquique, en Ranquil, en Salvador, en Puerto Montt, en la Jose María Caro, en Frutillar, en Puente Alto y en tantos otros lugares. Los asesinos de Hernán Mery bailaban con naturalidad santurronamente. Se sentían ofendidos de que les reprocharan esos pequeños detalles.
--
Chile tiene una larga historia civil con pocas revoluciones y muchos gobiernos estables, conservadores y mediocres. Muchos presidentes chicos y sólo dos presidentes grandes: Balmaceda y Allende. Es curioso que los dos provinieran del mismo medio, de la burguesía adinerada, que aquí se hace llamar aristocracia. Como hombres de principios, empeñados en engrandecer un país empequeñecido por la mediocre oligarquía, los dos fueron conducidos a la muerte de la misma manera. Balmaceda fue llevado al suicidio por resistirse a entregar la riqueza salitrera a las compañías extranjeras.
Allende fue asesinado por haber nacionalizado la otra riqueza del subsuelo chileno, el cobre. En ambos casos la oligarquía chilena organizó revoluciones sangrientas. En ambos casos los militares hicieron jauría. Las compañías inglesas en la ocasión de Balmaceda, las norteamericanas en la ocasión de Allende, fomentaron y sufragaron estos movimientos militares.
En ambos casos las casas de los presidentes fueron desvalijadas por órdenes de nuestros distinguidos aristócratas. Los salones de Balmaceda fueron destruidos a hachazos. La casa de Allende, gracias al progreso del mundo, fue bombardeada desde el aire por nuestros heroicos aviadores. Sin embargo, estos dos hombres fueron muy diferentes. Balmaceda fue un orador cautivante. Tenía una complexión imperiosa que lo acercaba más al mando unipersonal. Estaba seguro de la elevación de sus propósitos. En todo instante se vió rodeado de enemigos. Su superioridad sobre el medio en que vivía era tan grande, y tan grande su soledad, que concluyó por reconcentrarse en sí mismo. El pueblo que debía ayudarle no existía como fuerza, es decir, no estaba organizado. Aquel presidente estaba condenado a conducirse como iluminado , como un soñador: un sueño de grandeza se quedó en sueño. Después de su asesinato, los rapaces mercaderes extranjeros y los parlamentarios criollos entraron en posesión del salitre: para los extranjeros, la propiedad y las consesiones ; para los criollos las coimas. Recibidos los treinta dineros todo volvió a su normalidad. La sangre de unos cuantos miles de hombres del pueblo se secó pronto en los campos de batalla. Los obreros más explotados del mundo, los de las regiones del norte de Chile, no cesaron de producir inmensas cantidades de libras esterlinas para la City de Londres.
Allende nunca fue un gran orador. Y como estadista era un gobernante que consultaba todas sus medidas. Fue el antidictador, el demócrata principista hasta en los menores detalles. Le tocó un país que ya no era el pueblo bisoño de Balmaceda; encontró una clase obrera poderosa que sabía de qué se trataba. Allende era dirigente colectivo; un hombre que, sin salir de las clases populares, era un producto de la lucha de esas clases contra el estancamiento y la corrupción de sus explotadores. Por tales causas y razones, la obra de que realizó en tan corto tiempo es superior a la de Balmaceda; más aun, es la más importante en la historia de Chile. Sólo la nacionalización del cobre fue una empresa titánica, y muchos objetivos más se cumplieron bajo su gobierno de esencia colectiva.
Las obras y los hechos de Allende, de imborrable valor nacional, enfurecieron a los enemigos de nuestra liberación. El simbolismo trágico de esta crisis se revela en el bombardeo del Palacio de Gobierno; uno evoca la Blitz Krieg de la aviación nazi contra indefensas ciudades extranjeras, españolas, inglesas, rusas; ahora sucedía el mismo crimen en Chile; pilotos chilenos atacaban en picada el palacio que durante siglos fue el centro de la vida civil del país.
Escribo estas rápidas líneas para mis memorias a sólo tres dias de los hechos incalificables que llevaron a la muerte de mi gran compañero el presidente Allende. Su asesinato se mantuvo en silencio; fue enterrado secretamente; sólo a su viuda le fue permitido acompañar aquel inmortal cadaver. La versión de los agresores es que hallaron su cuerpo inerte, con muestras de visible suicidio. La versión que ha sido publicada en el extranjero es diferente. A reglón seguido del bombardeo aéreo entraron en acción los tanques , muchos tanques, a luchar intrépidamente contra un solo hombre: el Presidente de la República de Chile, Salvador Allende, que los esperaba en su gabinete, sin más compañía que su corazón , envuelto en humo y llamas.
Tenían que aprovechar una ocasión tan bella. Había que ametrallarlo
porque nunca renunciaría a su cargo. Aquel cuerpo fue enterrado
secretamente en un sitio cualquiera. Aquel cadáver que marchó a la
sepultura acompañado por una sola mujer que llevaba en sí misma todo el
dolor del mundo, aquella gloriosa figura muerta iba acribillada y
despedazada por las balas de las metralletas de los soldados de Chile,
que otra vez habían traicionado a Chile.
Salvador Allende :
Universidad de Guadalajara
México. 2 diciembre de 1972
Qué difícil es para mí poder expresar lo que he vivido y sentido en estas breves y largas horas de convivencia con el pueblo mexicano, con su gobierno. Cómo poder traducir lo que nosotros, integrantes de la delegación de nuestra patria, hemos recibido en generosa entrega y como aporte solidario a nuestro pueblo en la dura lucha en que está empeñado.
Yo, más que otros, sé perfectamente bien que esta actitud del pueblo de México nace de su propia historia. Y aquí se ha recordado ya cómo Chile estuvo presente junto a Juárez, el hombre de la independencia mexicana proyectada en ámbito continental; y cómo entendemos perfectamente bien que, además de esta raíz común, que antes fuera frente a los conquistadores, México es el primer país de Latinoamérica que en 1938, a través de la acción de un hombre preclaro de esta tierra y de América Latina, nacionaliza el petróleo a través de la acción del general, presidente Lázaro Cárdenas.
Por eso ustedes, que supieron del ataque alevoso, tuvieron que sentir el llamado profundo de la patria en un superior sentido nacional; por eso ustedes, que sufrieron largamente el embate de los intereses heridos por la nacionalización; por eso ustedes, más que otros pueblos de este continente, comprenden la hora de Chile, que es la misma que ustedes tuvieron en 1938 y los años siguientes. Por eso es que la solidaridad de México nace en su propia experiencia y se proyecta con calidad fraternal frente a Chile, que está hoy realizando el mismo camino liberador que ustedes.
Quiero agradecer las palabras del ingeniero Ignacio Mora Luna, a nombre de los profesores de la Universidad de Guadalajara; las del licenciado Enrique Romero González, a nombre de las autoridades universitarias, y las del compañero Guillermo Gómez Reyes, presidente de la Federación de Estudiantes de esta Universidad.
Bien decía el presidente Echeverría, cuando él señalara que este viaje era conveniente que llegara a conocer la provincia, y eligiera a Jalisco, y me hablara de Guadalajara y de su Universidad. Yo se lo agradecí, y ahora -por cierto- se lo agradezco más. Porque si hemos recibido el afecto cálido del pueblo mexicano, de sus mujeres y de sus hombres, qué puede significar más que estar junto a la juventud, y sentir cómo ella late y presurosamente, con una clara conciencia revolucionaria y antimperialista.
Desde que llegara cerca de esta universidad, ya comprendí perfectamente bien el espíritu que hay en ella, en los letreros de saludo a mi presencia aquí, tan solo como mensajero de mi pueblo, con los cambios, con la lucha por la independencia económica y por la plena soberanía en nuestros pueblos.
Y porque una vez fui universitario, hace largos años, por cierto -no me pregunten cuántos-, porque pasé por la universidad no en búsqueda de un título solamente: porque fui dirigente estudiantil y porque fui expulsado de la universidad, puedo hablarles a los universitarios a distancia de años; pero yo sé que ustedes saben que no hay querella de generaciones: hay jóvenes viejos y viejos jóvenes, y en éstos me ubico yo.
Hay jóvenes viejos que comprenden que ser universitario, por ejemplo, es un privilegio extraordinario en la inmensa mayoría de los países de nuestro continente. Esos jóvenes viejos creen que la universidad se ha levantado como una necesidad para preparar técnicos y que ellos deben estar satisfechos con adquirir un título profesional. Les da rango social y el arribismo social, caramba, qué dramáticamente peligroso, les da un instrumento que les permite ganarse la vida en condiciones de ingresos superiores a la mayoría del resto de los conciudadanos.
Y estos jóvenes viejos, si son arquitectos, por ejemplo, no se preguntan cuántas viviendas faltan en nuestros países y, a veces, ni en su propio país. Hay estudiantes que con un criterio estrictamente liberal, hacen de su profesión el medio honesto para ganarse la vida, pero básicamente en función de sus propios intereses.
Allá hay muchos médicos -y yo soy médico- que no comprenden o no quieren comprender que la salud se compra, y que hay miles y miles de hombres y mujeres en América Latina que no pueden comprar la salud; que no quieren entender, por ejemplo, que a mayor pobreza mayor enfermedad, y a mayor enfermedad mayor pobreza y que, por tanto, si bien cumplen atendiendo al enfermo que demanda sus conocimientos sobre la base de los honorarios, no piensan en que hay miles de personas que no pueden ir a sus consultorios y son pocos los que luchan porque se estructuren los organismos estatales para llevar la salud ampliamente al pueblo.
De igual manera que hay maestros que no se inquietan en que haya también cientos y miles de niños y de jóvenes que no pueden ingresar a las escuelas. Y el panorama de América Latina es un panorama dramático en las cifras, de su realidad dolorosa.
Llevamos, casi todos los pueblos nuestros, más de un siglo y medio de independencia política, y ¿cuáles son los datos que marcan nuestra dependencia y nuestra explotación? Siendo países potencialmente ricos, la inmensa mayoría somos pueblos pobres.
En América Latina, continente de más de 220 millones de habitantes, hay cien millones de analfabetos y semianalfabetos.
En este continente hay más de 30 millones de cesantes absolutos, y la cifra se eleva por sobre 60 millones tomando en consideración aquellos que tienen trabajos ocasionales.
En nuestro continente 53% de la población según algunos, y según otros 57%, se alimenta en condiciones por debajo de lo normal. En América Latina faltan más de 26 millones de viviendas.
En estas circunstancias cabe preguntar, ¿cuál es el destino de la juventud? Porque este continente es un continente joven. 51% de la población de América Latina está por debajo de los 27 años, por eso puedo decir -y ojalá me equivoque- que ningún gobierno e incluyo, por cierto, el mío y todos los anteriores de mi patria, ha podido solucionar los grandes déficit, las grandes masas de nuestro continente en relación con la falta de trabajo, la alimentación, la vivienda, la salud. Para qué hablar de la recreación y del descanso.
En este marco que encierra y aprisiona a nuestros pueblos hace un siglo y medio, es lógico que tengan que surgir, desde el dolor y el sufrimiento de las masas, anhelos de alcanzar niveles de vida y existencia y de cultura.
Si hoy tenemos las cifras que aquí he recordado, ¿qué va a ocurrir si las cosas no cambian cuando seamos 360 ó 600 millones de habitantes? En un continente en donde la explosión demográfica está destinada a compensar la alta mortalidad infantil, los pueblos así se defienden; pero a pesar de ello aumenta vigorosamente la población de nuestros países, y el avance tecnológico en el campo de la medicina ha elevado -y también al mejorarse condiciones de vida ha mejorado- el promedio de nuestra existencia que, por cierto, es muy inferior al de los países del capitalismo industrial y a los países socialistas.
Pero ningún gobierno de este continente -democráticos los hay pocos, pseudodemocráticos hay más, dictatoriales también los hay-, ningún gobierno ha sido capaz de superar los grandes déficit, reconociendo, por cierto, que han hecho esfuerzos indiscutiblemente laudatorios por gobierno, y especialmente por los gobiernos democráticos, porque escuchan la voz, la protesta, el anhelo de los pueblos mismos para avanzar en la tentativa frustrada y hacer posible que estos déficit no sigan pesando sobre nuestra existencia.
¿Y por qué sucede esto? Porque somos países monoproductores en la inmensa mayoría: somos los países del cacao, del banano, del café, del estaño, del petróleo o del cobre. Somos países productores de materias primas e importadores de artículos manufacturados; vendemos barato y compramos caro.
Nosotros, al comprar caro estamos pagando el alto ingreso que tiene el técnico, el empleado y el obrero de los países industrializados. Además, en la inmensa mayoría de los casos, como las riquezas fundamentales están en manos del capital foráneo, se ignoran los mercados, no se interviene en los precios, ni en los niveles de producción. La experiencia la hemos vivido nosotros en el cobre, y ustedes en el petróleo.
Somos países en donde el gran capital financiero busca, y encuentra, por complacencia culpable muchas veces de gente que no quiere entender su deber patriótico, la posibilidad de obtenerlo.
¿Por qué? ¿Qué es el imperialismo, compañeros jóvenes? Es la concentración del capital en los países industrializados que alcanzando la fuerza de capital financiero, abandonan las inversiones en las metrópolis económicas, para hacerlo en nuestros países y, por lo tanto, este capital que en su propia metrópoli tiene utilidades muy bajas, adquiere grandes utilidades en nuestras tierras, porque, además, muchas veces las negociaciones son entre las compañías que son dueñas de éstas y que están más allá de nuestras fronteras.
Entonces, somos países que no aprovechamos los excedentes de nuestra producción, y este continente ya conoce, no a través de los agitadores sociales con apellido político, como el que yo tengo de socialista, sino a través de las cifras de la CEPAL, organismo de las Naciones Unidas, que en la última década -no puedo exactamente decir si de 1950 a1960 o de 1956 a 1966-, América Latina exportó mucho más capitales que los que ingresaron en ella.
De esta manera se ha ido produciendo una realidad que es común en la inmensa mayoría de todos nuestros pueblos: somos países ricos potencialmente, y vivimos como pobres. Para poder seguir viviendo, pedimos prestado. Pero al mismo tiempo somos países exportadores de capitales. Paradoja típica del régimen en el sistema capitalista.
Por ello, entonces, es indispensable comprender que dentro de esta estructura, cuando internacionalmente los países poderosos viven y fortalecen su economía de nuestra pobreza, cuando los países financieramente fuertes necesitan de nuestras materias primas para ser fuertes, cuando la realidad de los mercados y los precios lleva a los pueblos de éste y otros continentes, a endeudarse, cuando la deuda de los países del Tercer Mundo alcanza la fantástica cifra de 95 mil millones de dólares, cuando a mi país, país democrático, con muy sólidas instituciones, país que tiene un Congreso en funciones hace 160 años, país en donde las Fuerzas Armadas -igual que en México- son fuerzas armadas profesionales, respetuosas de la ley y la voluntad popular; cuando mi país, que es el segundo productor de cobre en el mundo y tiene las más grandes reservas de cobre del mundo y tiene la más grande mina de tajo abierto del mundo y tiene la más grande mina subterránea del mundo, Chuquicamata y El Teniente; cuando mi país se ha visto obligado a endeudarse con una deuda externa per cápita que sólo puede ser superada por la deuda que tiene Israel, que podemos estimar que está en guerra; cuando yo debía haber cancelado este año para amortizar y pagar los intereses de esa deuda 420 millones de dólares, que significan más de 30 por ciento del presupuesto de ingresos, uno puede colegir que es imposible que pueda esto seguir y que esta realidad se mantenga.
Si a ello se agrega que los países poderosos fijan las normas de la comercialización, controlan los fletes, imponen los seguros, dan los créditos ligados que implica la obligación de invertir un alto porcentaje en esos países; si además sufrimos las consecuencias que emanan y que cuando los países poderosos, o el país más poderoso, del capitalismo estiman necesario devaluar su moneda, las consecuencias las pagamos nosotros, y si tiembla el mercado del dinero en los países industrializados, las consecuencias son mucho más fuertes, mucho más duras y pesan más sobre nuestros pueblos. Si el precio de las materias primas baja, el precio de los artículos manufacturados, y aún los alimentos, suben; cuando el precio de los alimentos sube, nos encontramos que hay barreras aduaneras que impiden que algunos países que pueden exportar productos agropecuarios lleguen a los mercados de consumo, los países industriales.
El caso de mi patria es elocuente: nosotros producimos entre la gran minería, cerca de 750 mil toneladas de cobre. Entre Zambia, Perú, Zaire y Chile, signatarios de lo que se llama CIPEC, entre estos cuatro países se produce 70% del cobre que se comercializa en el mundo, más de tres millones de toneladas, pero el precio del cobre se fija en la bolsa de Londres y se transa tan sólo 200 mil toneladas. Y Chile hace tres años, por ejemplo, tuvo un promedio de precio de la libra de cobre año, superior a los 62 centavos, y cada centavo que suba o baje el precio de la libra de cobre, significa 18 millones de dólares más o menos de ingreso para nuestro país.
El año 1971, el precio del cobre, del último año de gobierno del presidente Frei, fue de 59 centavos la libra. En el primer año del Gobierno Popular fue tan solo de 49. Este año, seguramente no va a alcanzar más allá de 47,4; pero en valores reales, después de la devaluación del dólar, este promedio será, a lo sumo, 45. Y el costo de producción nuestro, a pesar de que son minas con un alto porcentaje de riqueza minera y están cerca del mar, rodea los 45 centavos en algunas de ellas; y es, por cierto, más alto por una técnica inferior en la producción de la pequeña y mediana minería.
He puesto este ejemplo porque es muy claro. Nosotros, que tenemos un presupuesto de divisas superior a muchos países latinoamericanos, que tenemos una extensión de tierra que podría alimentar, y debería alimentar, a 20 a 25 millones de habitantes, hemos tenido que importar, desde siempre -por así decirlo-, carne trigo, grasa, mantequilla y aceite: 200 millones de dólares al año.
Y desde que estamos en el Gobierno Popular, tenemos que importar más alimentos; porque tenemos conciencia que importar más alimentos que aún importando como lo hicieron los gobiernos anteriores, 200 millones de dólares al año, en Chile el 43 por ciento de la población se alimentaba por debajo de lo normal. Y aquí, esta casa de hermanos, yo, que soy médico, que he sido profesor de medicina social y el presidente durante cinco años del Colegio Médico de Chile, puedo dar una cifra que no me avergüenza, pero que sí me duele, en mi patria, porque hay estadísticas y no las ocultamos: hay 600 mil niños que tienen un desarrollo mental por debajo de lo normal.
Si acaso un niño en los primeros ocho meses de su vida no recibe la proteína necesaria para su desarrollo corporal y cerebral, si ese niño no recibe esa proteína, se va a desarrollar en forma diferente al niño que pudo tenerla, y que lógicamente es casi siempre el hijo de un sector minoritario, de un sector poderoso económicamente. Si a ese niño que no recibió la proteína suficiente, después de los ocho meses se la da, puede recuperar y normalizar el desarrollo normal de su cerebro.
Por eso muchas veces los maestros o las maestras en su gran labor -yo siempre vinculo a los maestros y a los médicos como profesionales de una gran responsabilidad-, muchas veces los maestros o las maestras ven que el niño no asimila, no entiende, no aprende, no retiene; y no es porque ese niño no quiera aprender o estudiar: es porque cae en condiciones de menor valía, y eso es consecuencia de un régimen y de un sistema social; porque por desgracia, hasta el desarrollo de la inteligencia está marcado por la ingestión de los alimentos, fundamentalmente los primeros ocho meses de la vida. Y cuántas son las madres proletarias que no pueden amamantar a sus hijos, cuando nosotros los médicos sabemos que el mejor alimento es la leche de la madre, y no lo pueden hacer porque viven en las poblaciones marginales, porque sus compañeros están cesantes y porque ella recibe el subalimento, como madres ellas están castigadas en sus propias vidas, y lo que es más injusto, en la vida de sus propios hijos, por eso, claro.
Los gobiernos progresistas, como los nuestros, avanzamos en iniciativas que tienen un contenido, pero que indiscutiblemente es un paliativo; por ejemplo, en mi país está la asignación familiar prenatal, se paga a la mujer que está esperando familia desde el tercer mes del embarazo; se hace real desde el quinto, donde puede comprobar que efectivamente está esperando familia. Esto tiene un doble objetivo: que tenga un ingreso que se entrega a la madre para que pueda ella alimentarse mejor. Y en la etapa final, comprar algo para lo que podríamos llamar la mantilla, los pañales del niño.
Y, por otra parte, para recibir este estipendio, que es un sobresalario, requiere un control médico y, por lo tanto, obliga a la madre a ir a controlarse. Y en ese caso, si la madre está, y es tratada oportunamente, el hijo nace sano. Y, además se le dan las más elementales nociones sobre el cuidado del niño. Y tenemos la asignación familiar que se paga también desde que el niño nace hasta que termina de estudiar, si estudia.
Pero no hemos podido, por ejemplo, nosotros, nivelar la asignación familiar, porque un Congreso que representa, no a los trabajadores en su mayoría, establece, como siempre, leyes discriminatorios. Y en mi patria había asignación diferente para bancarios, para empleados públicos, particulares, Fuerzas Armadas, obreros y campesinos. Nosotros levantamos la idea justa: una asignación familiar igual para todos. Y eso, con generosidad. Pero pensar que la asignación familiar sea más alta para los sectores que tienen más altos ingresos, es una inconsecuencia y una brutal injusticia.
Hemos logrado nivelar la asignación familiar de obreros, campesinos, Fuerzas Armadas y empleados públicos, pero queda distante todavía la asignación familiar de empleados particulares, y un sector de ellos, es un avance, pero no basta, porque si bien es cierto, entregamos mejores condiciones para defender el equilibrio biológico cuando se alimenta mejor el niño; y gracias a esta asignación familiar, también es cierto que el proceso del desarrollo universitario en el caso de la medicina -y lo pongo como ejemplo- conlleva a establecer que nosotros carecemos de los profesionales suficientes para darle atención a todo el pueblo, desde el punto de vista médico.
En Chile hay 4.600 médicos; deberíamos ser ocho mil médicos, en Chile faltan, entonces, tres mil médicos. En Chile faltan más de 6.000 dentistas. En ningún país de América Latina -y lo digo con absoluta certeza- hay ningún servicio público estatal que haga una atención médica dental con sentido social. Se limitan en la mayoría de los países, si es que tienen esos servicios, a la etapa inicial previa, básica, simple, sencilla, de la extracción. Y si hay algo que yo he podido ver con dolor de hombre y conciencia de médico, cuando he ido a las poblaciones, es a las compañeras trabajadoras, a las madres proletarias, gritar con esperanza nuestros gritos de combate, y darme cuenta, por desgracia, cómo sus bocas carecen de la inmensa mayoría de los dientes.
Y los niños también sufren esto. Por ello, entonces, y sobre la base tan solo de estos ejemplos simples, nosotros tenemos que entender que cuando hablamos de una universidad que entiende que para que termine esta realidad brutal que hace más de un siglo y medio pesa sobre nosotros, en los cambios estructurales económicos se requiere un profesional comprometido con el cambio social; se requiere un profesional que no se sienta un ser superior porque sus padres tuvieron el dinero suficiente para que él ingresara a una universidad; se necesita un profesional con conciencia social que entienda que su lucha, si es arquitecto, es para que se construyan las casas necesarias que el pueblo necesita. Se necesita un profesional que, si es médico, levante su voz para reclamar que la medicina llegue a las barriadas populares y, fundamentalmente, a los sectores campesinos.
Se necesitan profesionales que no busquen engordar en los puestos públicos, en las capitales de nuestras patrias. Profesionales que vayan a la provincia, que se hundan en ella.
Por eso yo hablo así aquí en esta Universidad de Guadalajara, que es una universidad de vanguardia, y tengo la certeza que la obligación patriótica de ustedes es trabajar en la provincia, fundamentalmente, vinculada a las actividades económicas, mineras o actividades industriales o empresariales, o a las actividades agrícolas; la obligación del que estudió aquí es no olvidar que ésta es una universidad del Estado que la pagan los contribuyentes, que en la inmensa mayoría de ellos son los trabajadores. Y que por desgracia, en esta universidad, como en las universidades de mi patria, la presencia de hijos de campesinos y obreros alcanza un bajo nivel, todavía.
Por eso, ser joven en esta época implica una gran responsabilidad, ser joven de México o de Chile; ser joven de América Latina, sobre todo en este continente que, como he dicho, está marcado por un promedio que señala que somos un continente joven. Y la juventud tiene que entender que no hay lucha de generaciones, como lo dijera hace un instante; que hay un enfrentamiento social, que es muy distinto, y que pueden estar en la misma barricada de ese enfrentamiento los que hemos pasado -y yo pasé muy poquito de los 60 años; guárdenme el secreto- de los sesenta años y los jóvenes que puedan tener 13 ó 20.
No hay querella de generaciones, y eso es importante que yo lo diga. La juventud debe entender su obligación de ser joven, y si es estudiante, darse cuenta que hay otros jóvenes que, como él, tienen los mismos años, pero que no son estudiantes. Y si es universitario con mayor razón mirar al joven campesino o al joven obrero, y tener un lenguaje de juventud, no un lenguaje sólo de estudiante universitario, para universitarios.
Pero el que es estudiante tiene una obligación porque tiene más posibilidades de comprender los fenómenos económicos y sociales y las realidades del mundo; tiene la obligación de ser un factor dinámico del proceso de cambio, pero sin perder los perfiles, también, de la realidad.
La revolución no pasa por la universidad, y esto hay que entenderlo; la revolución pasa por las grandes masas; la revolución la hacen los pueblos; la revolución la hacen, esencialmente, los trabajadores.
Y yo comparto el pensamiento que aquí se ha expresado -y el presidente Echeverría lo ha señalado muchas veces-, que yo también lo he dicho en mi patria, allá luchamos por los cambios dentro de los marcos de la democracia burguesa, con dificultades mucho mayores, en un país donde los poderes del Estado son independientes, y en el caso nuestro, la Justicia, el Parlamento y el Ejecutivo. Los trabajadores que me eligieron están en el gobierno; nosotros controlamos una parte del Poder Ejecutivo, somos minoría en el Congreso. El Poder Judicial es autónomo, y el Código Civil de mi patria tiene 100 años. Y si yo no critico en mi patria al Poder Judicial, menos lo voy a hacer aquí. Pero indiscutiblemente, hay que pensar que estas leyes representaban otra época y otra realidad, no fueron leyes hechas por los trabajadores que estamos en el gobierno: fueron hechas por los sectores de la burguesía, que tenían el Ejecutivo, el poder económico y que eran mayoría en el Congreso Nacional.
Sin embargo, la realidad de Chile, su historia y su idiosincrasia, sus características, la fortaleza de su institucionalidad, nos llevó a los dirigentes políticos a entender que en Chile no teníamos otro camino que el camino de la lucha electoral -y ganamos por ese camino-, que muchos no compartían, fundamentalmente como consecuencia del pensamiento generado en este continente, después de la Revolución Cubana, y con la asimilación, un poco equivocada, de la divulgación de tácticas, en función de la interpretación que hacen los que escriben sobre ellas, nos hemos encontrado en muchas partes, y ahora se ha dejado un poco, la idea del foquismo, de la lucha guerrillera o del ejército popular.
Yo tengo una experiencia que vale mucho. Yo soy amigo de Cuba; soy amigo, hace 10 años, de Fidel Castro; fui amigo del comandante Ernesto Che Guevara. Me regaló el segundo ejemplar de su libro Guerra de Guerrillas; el primero se lo dio a Fidel. Yo estaba en Cuba cuando salió, y en la dedicatoria que me puso dice lo siguiente: A Salvador Allende, que por otros medios trata de obtener lo mismo. Si el comandante Guevara firmaba una dedicatoria de esta manera, es porque era un hombre de espíritu amplio que comprendía que cada pueblo tiene su propia realidad, que no hay receta para hacer revoluciones. Y por lo demás, los teóricos del marxismo -y yo declaro que soy un aprendiz tan solo; pero no niego que soy marxista- también trazan con claridad los caminos que pueden recorrerse frente a lo que es cada sociedad, cada país.
De allí, entonces, que es útil que la juventud, y sobre todo la juventud universitaria, que no puede pasar por la universidad al margen de los problemas de su pueblo, entienda que no puede hacerse del balbuceo doctrinario la enseñanza doctrinaria, de entender que el denso pensamiento de los teóricos de las corrientes sociológicas o económicas requieren un serio estudio; que si es cierto que no hay acción revolucionaria sin teoría revolucionaria, no puede haber la aplicación voluntaria o la interpretación de la teoría adecuándola a lo que la juventud o el joven quiere. Que tiene que mirar lo que pasa dentro de su país y más allá de la frontera, y comprender que hay realidades que deben ser meditadas y analizadas.
Cuando algunos grupos en mi patria, un poco más allá de la Unidad Popular, en donde hay compañeros jóvenes en cuya lealtad revolucionaria yo creo, pero en cuya concepción de la realidad no creo, hablan, por ejemplo, de que en mi país debería hacerse lo mismo que se ha hecho en otros países que han alcanzado el socialismo, yo les he hecho esta pregunta en voz alta: ¿Por qué, por ejemplo, un país como es la República Popular China, poderoso país, extraordinariamente poderoso país, ha tenido que tolerar la realidad de que Taiwán o de que Formosa esté en manos de Chian-Kai-Shek? ¿Es que acaso la República Popular China no tiene los elementos bélicos, por así decirlo, lo suficientemente poderosos para haber, en dos minutos, recuperado Taiwán, llamado Formosa? ¿Por qué no lo ha hecho? Porque, indiscutiblemente hay problemas superiores de la responsabilidad política; porque al proceder así, colocaba a la República Popular China en el camino de una agresión que podría haber significado un daño para el proceso revolucionario, y quizá una conflagración mundial.
¿Quién puede dudar de la voluntad de acción, de la decisión, de la conciencia revolucionaria de Fidel Castro? ¿Y por qué la bahía de Guantánamo no la ha tomado? Porque no puede ni debe hacerlo, porque expondría a su revolución y a su patria a una represalia brutal.
Entonces, uno se encuentra a veces con jóvenes, y los que han leído el Manifiesto Comunista, o lo han llevado largo rato debajo del brazo, creen que lo han asimilado y dictan cátedra y exigen actitudes y critican a hombres, que por lo menos, tienen consecuencia en su vida. Y ser joven y no ser revolucionario es una contradicción hasta biológica; pero ir avanzando en los caminos de la vida y mantenerse como revolucionario, en una sociedad burguesa, es difícil.
Un ejemplo personal: yo era un orador universitario de un grupo que se llama Avance; era el grupo más vigoroso de la izquierda. Un día se propuso que se firmara, por el grupo Avance un manifiesto -estoy hablando del año 1931- para crear en Chile los soviets de obreros, campesinos, soldados y estudiantes. Yo dije que era una locura, que no había ninguna posibilidad, que era una torpeza infinita y que no quería, como estudiante, firmar algo que mañana, como un profesional, no iba a aceptar.
Éramos 400 los muchachos de la universidad que estábamos en el grupo Avance, 395 votaron mi expulsión; de los 400 que éramos, sólo dos quedamos en la lucha social. Los demás tienen depósitos bancarios, algunos en el extranjero; tuvieron latifundios -se los expropiamos-; tenían acciones en los bancos -también se los nacionalizamos-, y a los de los monopolios les pasó lo mismo. Pero en el hecho, dos hemos quedado; y a mí me echaron por reaccionario; pero los trabajadores de mi patria me llaman el compañero presidente.
Por eso, el dogmatismo, el sectarismo, debe ser combatido; la lucha ideológica debe llevarse a niveles superiores, pero la discusión para esclarecer, no para imponer determinadas posiciones. Y, además, el estudiante universitario tiene una postura doctrinaria y política, tiene, fundamentalmente, no olvidarse que precisamente la revolución necesita los técnicos y los profesionales.
Ya Lenin lo dijo -yo he aumentado la cifra para impactar más en mi patria-, Lenin dijo que un profesional, un técnico, valía por 10 comunistas; yo digo que por 50, y por 80 socialistas. Yo soy socialista. Les duele mucho a mis compañeros que yo diga eso; pero lo digo, ¿por qué? Porque he vivido una politización en la universidad, llevada a extremos tales que el estudiante olvida su responsabilidad fundamental; pero una sociedad donde la técnica y la ciencia adquieren los niveles que ha adquirido la sociedad contemporánea, ¿cómo no requerir precisamente capacidad y capacitación a los revolucionarios? Por lo tanto, el dirigente político universitario tendrá más autoridad moral, si acaso es también un buen estudiante universitario.
Yo no le he aceptado jamás a un compañero joven que justifique su fracaso porque tiene que hacer trabajos políticos: tiene que darse el tiempo necesario para hacer los trabajos políticos, pero primero están los trabajos obligatorios que debe cumplir como estudiante de la universidad. Ser agitador universitario y mal estudiante, es fácil; ser dirigente revolucionario y buen estudiante, es más difícil. Pero el maestro universitario respeta al buen alumno, y tendrá que respetar sus ideas, cualesquiera que sean.
Por eso es que la juventud contemporánea, y sobre todo la juventud de Latinoamérica, tiene una obligación contraída con la historia, con su pueblo, con el pasado de su patria. La juventud no puede ser sectaria: la juventud tiene que entender, y nosotros en Chile hemos dado un paso trascendente: la base política de mi gobierno está formada por marxistas, por laicos y cristianos, y respetamos el pensamiento cristiano; interpreta el verbo de Cristo, que echó a los mercaderes del templo.
Claro que tenemos la experiencia de la iglesia, vinculada al proceso de los países poderosos del capitalismo e, incluyendo, en los siglos pasados y en la primera etapa de éste, no a favor de los humildes como lo planteaba el maestro de Galilea; pero sí los tiempos han cambiado y la conciencia cristiana está marcando la consecuencia por el pensamiento honesto, en la acción honesta, los marxistas podemos coincidir en etapas programáticas como pueden hacerla los laicos y lo hemos hecho en nuestra patria -y nos está yendo bien-, y conjugamos una misma actitud y un mismo lenguaje frente a los problemas esenciales del pueblo.
Porque un obrero sin trabajo, no importa que sea o no sea marxista, no importa que sea o no sea cristiano, que no tenga ideología política, es un hombre que tiene derecho al trabajo y debemos dárselo nosotros; por eso el sectarismo, el dogmatismo, el burocratismo, que congela las revoluciones, y ése es un proceso de concientización que es muy profundo y que debe comenzar con la juventud: pero la juventud está frente a problemas que no son sólo económicos, sino son problemas que lamentablemente se manifiestan con mayor violencia destructiva en el mundo contemporáneo.
El escapismo, el drogadismo, el alcoholismo. ¿Cuántos son los jóvenes, de nuestros jóvenes países, que han caído en la marihuana, que es más barata que la cocaína y más fácil de acceso?, ¿pero cuántos son los jóvenes de los países industrializados? El porcentaje, no sólo por la densidad de población, sino por los medios económicos, es mucho mayor.
¿Qué es esto, qué significa, por qué la juventud llega a eso? ¿Hay frustración? ¿Cómo es posible que el joven no vea que su existencia tiene que tener un destino muy distinto al que escabulle su responsabilidad? ¿Cómo un joven no va a mirar, en el caso de México, a Hidalgo o a Juárez, a Zapata o a Villa, o a Lázaro Cárdenas? ¡Cómo no entender que esos hombres fueron jóvenes también, pero que hicieron de sus vidas un combate constante y una lucha permanente!
¿Cómo la juventud no sabe que su propio porvenir está cercado por la realidad económica, que marca los países dependientes? Porque si hay algo que debe preocuparnos, también, a los gobernantes, es no seguir entregando cesantes ilustrados a nuestra sociedad.
¿Cuántos son los miles de jóvenes que egresan de los politécnicos o de las universidades que no encuentran trabajo? Yo leí hace poco un estudio de un organismo internacional importante, que señala que para América Latina, en el final de esta década se necesitaban -me parece- cerca de seis millones de nuevas ocupaciones, en un continente en donde la cesantía marca los niveles que yo les he dicho. Los jóvenes tienen que entender, entonces, que están enfrentados a estos hechos y que deben contribuir a que se modifiquen las condiciones materiales, para que no haya cesantes ilustrados, profesionales con títulos de arquitectos sin construir casas, y médicos sin atender enfermos, porque no tienen los enfermos con qué pagarles, cuando lo único que faltan son médicos para defender el capital humano, que es lo que más vale en nuestros países.
Por eso, repito -y para terminar mis palabras-, dando excusas a ustedes por lo excesivo de ellas, que yo que soy un hombre que pasó por la universidad, he aprendido mucho más de la universidad de la vida: he aprendido de la madre proletaria en las barriadas marginales; he aprendido del campesino, que sin hablarme, me dijo la explotación más que centenaria de su padre, de su abuelo o de su tatarabuelo; he aprendido del obrero, que en la industria es un número o era un número y que nada significaba como ser humano, y he aprendido de las densas multitudes que han tenido paciencia para esperar.
Pero la injusticia no puede seguir marcando, cerrando las posibilidades del futuro a los pueblos pequeños de éste y de otros continentes. Para nosotros, las fronteras deben estar abolidas y la solidaridad debe expresarse con respeto a la autodeterminación y la no intervención, entendiendo que puede haber concepciones filosóficas y formas de gobierno distintas, pero que hay un mandato que nace de nuestra propia realidad que nos obliga -en el caso de este continente- a unirnos; pero mirar más allá, inclusive de América Latina y comprender que nacer en Africa en donde hay todavía millones y millones de seres humanos que llevan una vida inferior a la que tienen los más postergados y pretéridos seres de nuestro continente.
Hay que entender que la lucha es solidaria en escala mundial, que frente a la insolencia imperialista sólo cabe la respuesta agresiva de los países explotados.
Ha llegado el instante de darse cuenta cabalmente que los que caen luchando en otras partes por hacer de sus patrias países independientes, como ocurre en Vietnam, caen por nosotros con su gesto heroico.
Por eso, sin decir que la juventud será la causa revolucionaria y el factor esencial de las revoluciones, yo pienso que la juventud por ser joven, por tener una concepción más diáfana, por no haberse incorporado a los vicios que traen los años de convivencia burguesa, porque la juventud debe entender que debe ser estudiante y trabajadora; porque el joven debe ir a la empresa, a la industria o a la tierra. Porque ustedes deben hacer trabajos voluntarios; porque es bueno que sepa el estudiante de medicina cuánto pesa un fardo que se echa a la espalda el campesino que tiene que llevarlo a veces, a largas distancias; porque es bueno que el que va a ser ingeniero se meta en el calor de la máquina, donde el obrero a veces, en una atmósfera inhóspita, pasa largos y largos años de su oscura existencia; porque la juventud debe estudiar y debe trabajar -porque el trabajo voluntario vincula, amarra, acerca, hace que se compenetre el que va a ser profesional con aquel que tuvo por herencia las manos callosas de los que, por generaciones, trabajaron la tierra-.
Gracias, presidente y amigos por haberme dado la oportunidad de fortalecer mis propias convicciones, y la fe en la juventud frente a la actitud de ustedes.
Gracias por comprender el drama de mi patria, que es como dijera Pablo Neruda, un Vietnam silencioso; no hay tropas de ocupación, ni poderosos aviones nublan los cielos limpios de mi tierra, pero estamos bloqueados económicamente, pero no tenemos créditos, pero no podemos comprar repuestos, pero no tenemos cómo comprar alimentos y nos faltan medicamentos, y para derrotar a los que así proceden, sólo cabe que los pueblos entiendan quiénes son sus amigos y quiénes son sus enemigos.
Yo sé, por lo que he vivido, que México ha sido y será -gracias por ello- amigo de mi patriapor Carlos Peña
Visto a la distancia, el Chile de los sesenta resulta inverosímil. Para advertirlo basta un dato: cuatro de cada diez jóvenes chilenos lograban ingresar entonces al liceo y apenas un puñado de ellos conseguía terminar el ciclo de la enseñanza secundaria. De éstos, por su parte, un ínfimo puñado logra hacerse de un cupo en la universidad: menos de cinco por cada cien. Los pingüinos -los escolares como multitud- entonces no se conocían. Casi ninguno había alcanzado siquiera a pisar un colegio.
Y eso que sucedía en educación, ocurría también en salud y en vivienda.
En una palabra, la desigualdad de la que hoy día -con razón- nos quejamos no existía. Había algo aún peor: exclusión. Grandes sectores de la sociedad puestos al margen del sistema productivo, de la industria cultural, del sistema escolar.
En suma, la estructura productiva era incapaz de incorporar a amplios sectores.
Al lado de ella, sin embargo, según sugirió alguna vez Aníbal Pinto, había un sistema político incluyente y amplio que estimulaba las expectativas de todos.
Es lo que salta a la vista cuando uno se detiene a mirar los rastros y las huellas de esa época. Multitudes cuya pobreza parece entrar en contradicción con el carácter de sujetos colectivos, que, al mismo tiempo, son capaces de exhibir. Como si en el Chile de los setenta el reino de la necesidad fuera a parejas con el de la libertad. Como si el programa de Hegel -la masa convertida en sujeto- se hubiera cumplido de una vez por todas.
Esa es la escena a principios de la segunda mitad del siglo pasado. Una estructura productiva que dejaba al margen a grandes mayorías, y un sistema político, que, en cambio, las incluía y les permitía expresar sus demandas. Una estructura de producción que rehusaba a muchos incluso la condición de explotados, pero que concedía a todos la condición de sujetos partícipes de un destino común.
Es en medio de esa escena -esa contradicción- que se forja la figura final de Salvador Allende.
Él pensó que era posible modificar de manera radical esa estructura productiva sin sacrificar un ápice las rutinas, demasiado expansivas, del proceso político. Hacer cambios, que en otras partes se habían logrado a sangre y fuego, a punta de votos. En una palabra, transitar al socialismo, la igualdad en su máxima expresión, con las armas de la democracia. Todo un desafío: hacer algo que los clásicos del marxismo -fieles a una teoría violenta de la historia- habían rechazado una y otra vez. Fue la revolución de las empanadas y del vino tinto.
Al perseguir ese objetivo en apariencia insensato, Allende mostraba las características de un político de excepción, capaz de adherir, con el mismo énfasis y pareja sinceridad, a objetivos en apariencia inconsistentes: el logro de la igualdad en su máximo nivel y, a la vez, el respeto por la diferencia que exige la democracia. Él representó -mirado a la distancia no es poco- una radical voluntad de cambio con una insobornable voluntad democrática. Se apegó a las rutinas, a los modales y a las costumbres de la democracia con el mismo entusiasmo con que abrazó el deseo de igualdad para las mayorías entonces excluidas.
Un político capaz de dejarse llevar por esas ideas, que sabemos opuestas, y usarlas para seducir a otros, es una muestra de voluntad excepcional, una voluntad que sólo tienen los santos y los héroes. Una voluntad que hoy -cuando la política o se confunde con el narcisismo o con un trabajo alimenticio- parece una rareza.
Allende quemó así los últimos cartuchos del estado de compromiso que rigió los destinos de Chile entre el año 1932 y 1973: un arreglo social en el que las capas medias se hacían del Estado y arbitraban, mediante múltiples mecanismos -que iban desde el cabildeo en los pasillos del Congreso a la negociación en La Moneda- los conflictos sociales.
Allende fue, al mismo tiempo, la culminación de ese estado de compromiso y la entrada en el umbral de su fracaso. Como él dijo, con la lucidez de los condenados a muerte, se trataba de un tránsito histórico.
Y enfrentado a él pagó con su vida.
Hay varias formas de empalidecer la figura de Allende y se han ensayado casi todas. A su preocupación por la igualdad, se opone su frivolidad de burgués insustancial; a su riguroso apego a la democracia, su apoyo a los movimientos insurreccionales; a la expansión del consumo que alcanzó su gobierno, la escasez dramática que padeció el tercer año; a la valentía de sus horas finales, la amargura del suicidio; a la conciencia histórica que exhibió, el narcisismo de sus relaciones privadas.
Todos esos intentos son pueriles -no hay un gran hombre que a la mirada del burgués no parezca un amasijo de contradicciones- y ninguno de ellos logrará hacer olvidar que Allende dejó la valla a una altura que ninguno de sus contemporáneos, ni nadie hoy día, alcanza.
Ni de lejos.
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Por Fidel Castro Ruz
Nació hace cien años en Valparaíso, al sur de Chile, el 26 de junio de 1908. Su padre, de clase media, abogado y notario, militaba en el Partido Radical chileno. Cuando yo nací, Allende tenía 18 años. Realiza sus estudios medios en un liceo de la ciudad natal.
En sus años de estudiante preuniversitario, un viejo anarquista italiano, Juan Demarchi, lo pone en contacto con los libros de Marx.
Se gradúa como alumno excelente. Le gusta el deporte y lo practica. Ingresa voluntario al servicio militar en el Regimiento Coraceros de Viña del Mar. Solicita traslado al Regimiento Lanceros de Tacna, un enclave chileno en el norte seco y semidesértico, posteriormente devuelto a Perú. Egresa como oficial de reserva del Ejército. Lo hace ya como hombre de ideas socialistas y marxistas. No se trataba de un joven blando y sin carácter. Era como si adivinara que un día combatiría hasta la muerte defendiendo las convicciones que ya comenzaban a gestarse en su mente.
Decide estudiar la noble carrera de Medicina en la Universidad de Chile. Organiza un grupo de compañeros que se reúnen periódicamente para leer y discutir sobre el marxismo. Funda el Grupo Avance en 1929. Es elegido vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile en 1930 y participa activamente en la lucha contra la dictadura de Carlos Ibáñez.
Se había desatado ya la gran depresión económica en Estados Unidos con la crisis de la Bolsa de Valores que estalló en 1929. Cuba se adentraba en la lucha contra la tiranía machadista. Mella había sido asesinado. Los obreros y los estudiantes cubanos se enfrentaban a la represión. Los comunistas, con Martínez Villena al frente, desataban la huelga general. "Hace falta una carga para matar bribones, para acabar la obra de las revoluciones..." —había proclamado en vibrante poema. Guiteras, de profunda raíz antiimperialista, intenta derrocar la tiranía con las armas. Cae Machado, que no puede resistir el empuje de la nación, y surge una revolución que Estados Unidos en pocos meses, con guantes de seda y mano de hierro, aplasta, y su dominio absoluto perdura hasta 1959.
Durante ese período Salvador Allende, en un país donde la dominación imperialista se ejercía brutalmente sobre sus trabajadores, su cultura y sus riquezas naturales, lleva a cabo una lucha consecuente que nunca lo apartó de su intachable conducta revolucionaria.
En 1933 se gradúa de médico. Participa en la fundación del Partido Socialista de Chile. Es ya dirigente en 1935 de la Asociación Médica Chilena. Sufre prisión durante casi medio año. Impulsa el esfuerzo para crear el Frente Popular, y lo eligen subsecretario general del Partido Socialista en 1936.
En septiembre de 1939 asume la Cartera de Salubridad en el gobierno del Frente Popular. Publica un libro suyo sobre medicina social. Organiza la primera Exposición de la Vivienda. Participa en el año 1941 en la reunión anual de la Asociación Médica Americana en Estados Unidos. Asciende en 1942 a Secretario General del Partido Socialista de Chile. Vota en el Senado, en el año 1947, contra la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, conocida como "Ley Maldita" por su carácter represivo. Asciende en 1949 a Presidente del Colegio Médico.
En 1952 el Frente del Pueblo lo postula para Presidente. Tenía entonces 44 años. Pierde. Presenta en el Senado un proyecto de ley para la nacionalización del cobre. Viaja a Francia, Italia, Unión Soviética y la República Popular China en 1954.
Cuatro años después, en 1958, es proclamado candidato a la Presidencia de la República por el Frente de Acción Popular, constituido por la Unión Socialista Popular, el Partido Socialista de Chile y el Partido Comunista. Pierde la elección frente al conservador Jorge Alessandri.
Asiste en 1959 a la toma de posesión como Presidente de Venezuela de Rómulo Betancourt, considerado hasta entonces una figura revolucionaria de izquierda.
Viaja ese mismo año a La Habana y se entrevista con el Che y conmigo. Respalda en 1960 a los mineros del carbón, que paralizan su trabajo durante más de tres meses.
Denuncia junto al Che en 1961 el carácter demagógico de la Alianza para el Progreso en la reunión de la OEA que tuvo lugar en Punta del Este, Uruguay.
Designado de nuevo candidato a la Presidencia, es derrotado en 1964 por Eduardo Frei Montalva, democratacristiano que contó con todos los recursos de las clases dominantes y que, según datos revelados en documentos desclasificados del Senado de Estados Unidos, recibió dinero de la CIA para apoyar su campaña. En su gobierno, el imperialismo trató de diseñar lo que se dio en llamar la "Revolución en Libertad", como respuesta ideológica a la Revolución Cubana. Lo que engendró fueron los fundamentos de la tiranía fascista. En esa elección, Allende obtiene, sin embargo, más de un millón de votos.
Encabeza en 1966 la delegación que asiste a la Conferencia Tricontinental de La Habana. Visita la Unión Soviética en el Aniversario 50 de la Revolución de Octubre. El año siguiente, 1968, visita la República Democrática de Corea, la República Democrática de Viet Nam, donde tiene la satisfacción de conocer y conversar con el extraordinario dirigente de ese país, Ho Chi Minh. Incluye en ese mismo recorrido a Camboya y Laos, en plena efervescencia revolucionaria.
Tras la muerte del Che, acompaña personalmente hasta Tahití a tres cubanos de la guerrilla en Bolivia, que sobrevivieron a la caída del Guerrillero Heroico y se encontraban ya en territorio chileno.
La Unidad Popular, coalición política integrada por comunistas, socialistas, radicales, MAPU, PADENA y Acción Popular Independiente, lo proclama su candidato el 22 de enero de 1970, y triunfa el 4 de septiembre en los comicios de ese año.
Es un ejemplo verdaderamente clásico de la lucha por vías pacíficas para establecer el socialismo.
El gobierno de Estados Unidos, presidido por Richard Nixon, después del triunfo electoral entra de inmediato en acción. El Comandante en Jefe del Ejército chileno, general René Schneider, es víctima de un atentado el 22 de octubre y fallece tres días después porque no se plegaba a la demanda imperialista de un golpe de Estado. Fracasa el intento de impedir la llegada de la Unidad Popular al gobierno.
Allende asume legalmente con toda dignidad el cargo de Presidente de Chile el 3 de noviembre de 1970. Comienza desde el gobierno su heroica batalla por los cambios, enfrentando al fascismo. Tenía ya 62 años de edad. Me cupo el honor de haber compartido con él 14 años de lucha antiimperialista desde el triunfo de la Revolución Cubana.
En las elecciones municipales de marzo del año 1971, la Unidad Popular obtiene mayoría absoluta de los votos con el 50,86 por ciento. El 11 de julio el presidente Allende promulga la Ley de Nacionalización del Cobre, una idea que había propuesto al Senado 19 años antes. Fue aprobada en el Congreso por unanimidad. Nadie se atrevía a objetarla.
En 1972 denuncia en la Asamblea General de las Naciones Unidas la agresión internacional de que es víctima su país. Es ovacionado de pie durante largos minutos. Visita ese mismo año la Unión Soviética, México, Colombia y Cuba.
En 1973, al realizarse las elecciones parlamentarias de marzo, la Unidad Popular obtiene un 45 por ciento de los votos y aumenta su representación parlamentaria.
No pueden prosperar las medidas promovidas por los yanquis en las dos Cámaras para destituir al Presidente.
El imperialismo y la derecha agudizan una lucha sin cuartel contra el gobierno de la Unidad Popular y desatan el terrorismo en el país.
Le escribí seis cartas confidenciales a mano, con letra pequeñita y una pluma de punta fina entre los años 1971 y 1973, en las que le abordaba temas de interés con la mayor discreción.
El 21 de mayo de 1971 le decía:
"...Estamos maravillados de tu extraordinario esfuerzo y tus energías sin límites para sostener y consolidar el triunfo.
"Desde aquí se puede apreciar que el poder popular gana terreno a pesar de su difícil y compleja misión.
"Las elecciones del 4 de Abril constituyeron una espléndida y alentadora victoria.
"Han sido fundamentales tu valor y decisión, tu energía mental y física para llevar adelante el proceso revolucionario.
"Seguramente les esperan a ustedes grandes y variadas dificultades a enfrentar en condiciones que no son precisamente ideales, pero una política justa, apoyada en las masas y aplicada con decisión no puede ser vencida..."
El 11 de septiembre de 1971, le escribí:
"El portador viaja para tratar contigo los detalles de la visita.
"Inicialmente, considerando un posible vuelo directo en avión de Cubana, analizamos la conveniencia de aterrizar en Arica e iniciar el recorrido por el norte. Surgen luego dos cosas nuevas: interés expresado a ti por Velazco Alvarado de un posible contacto en mi viaje hacia esa; posibilidad de contar con un avión soviético IL-62 de mayor radio. Esto último permite, si se quiere, arribar en vuelo directo a Santiago.
"Va un esquema de recorrido y actividades para que tú añadas, suprimas e introduzcas las modificaciones que estimes pertinente.
"He procurado pensar exclusivamente en lo que pueda ser de interés político sin preocuparme mucho el ritmo o la intensidad del trabajo, pero todo en absoluto queda sometido a tus criterios y consideraciones.
"Hemos disfrutado mucho los éxitos extraordinarios de tu viaje a Ecuador, Colombia y Perú. ¿Cuándo tendremos en Cuba la oportunidad de emular con ecuatorianos, colombianos y peruanos en el enorme cariño y el calor con que te recibieron?"
En aquel viaje, cuyo esquema transmití al presidente Allende, salvé milagrosamente la vida. Recorrí decenas de kilómetros ante una multitud enorme, situada a lo largo del camino. La Agencia Central de Inteligencia de Estados Unidos organizó tres acciones para asegurar mi asesinato durante ese viaje. En una entrevista de prensa anunciada con anterioridad, había una cámara suministrada por una emisora televisiva de Venezuela equipada con armas automáticas, manejada por mercenarios cubanos que con documentos de ese país habían ingresado a Chile. El valor les falló a los que solo tenían que apretar el gatillo durante el largo tiempo que duró la entrevista y las cámaras me enfocaron. No querían correr el riesgo de morir. Me habían perseguido, además, por todo Chile, donde no me volvieron a tener tan cerca y vulnerable. Sólo pude conocer los detalles de la cobarde acción años más tarde. Los servicios especiales de Estados Unidos habían llegado más lejos de lo que podíamos imaginarnos.
El 4 de febrero de 1972 escribí a Salvador:
"La delegación militar fue recibida con el mayor esmero por todos aquí. Las Fuerzas Armadas Revolucionarias dedicaron prácticamente todo su tiempo durante esos días a atenderla. Los encuentros fueron amistosos y humanos. El programa intenso y variado. Mi impresión es que el viaje ha sido positivo y útil, que existe la posibilidad y es conveniente seguir desarrollando estos intercambios.
"Con Ariel hablé sobre la idea de tu viaje. Comprendo perfectamente que el trabajo intenso y el tono de la contienda política las últimas semanas no te hayan permitido considerarlo para la fecha aproximada que mencionamos en esa. Es indudable que no habíamos tomado en cuenta estas eventualidades. Por mi parte, aquel día, vísperas de mi regreso, cuando cenábamos ya de madrugada en tu casa, ante la falta de tiempo y la premura de las horas, me tranquilizaba pensar que relativamente pronto nos volveríamos a encontrar en Cuba donde íbamos a disponer la posibilidad de conversar extensamente. Tengo, no obstante, la esperanza de que puedas tomar en consideración la visita antes de mayo. Menciono este mes, porque a más tardar, desde mediados del mismo, tengo que realizar el viaje, ya impostergable, a Argelia, Guinea, Bulgaria, otros países y la URSS. Esta amplia visita me llevará considerable tiempo.
"Te agradezco mucho las impresiones que me comunicas sobre la situación. Aquí, cada día más familiarizados, interesados y afectados emotivamente todos con el proceso chileno, seguimos con gran atención las noticias que llegan de allá. Ahora podemos comprender mejor el calor y la pasión que debió suscitar la revolución cubana en los primeros tiempos. Podría decirse que estamos viviendo nuestra propia experiencia a la inversa.
"En tu carta puedo apreciar la magnífica disposición de ánimo, serenidad y valor con que estás dispuesto a enfrentar las dificultades. Y eso es fundamental en cualquier proceso revolucionario, especialmente cuando se desarrolla en las condiciones sumamente complejas y difíciles de Chile. Yo regresé con una extraordinaria impresión de la calidad moral, cultural y humana del Pueblo Chileno y de su notable vocación patriótica y revolucionaria. A ti te ha correspondido el singular privilegio de ser su conductor en este momento decisivo de la historia de Chile y de América, como culminación de toda una vida de lucha, como dijiste en el estadio, consagrada a la causa de la revolución y el socialismo. Ningún obstáculo puede ser invencible. Alguien dijo que en una revolución se marcha adelante con ‘audacia, audacia y más audacia’. Yo estoy convencido de la profunda verdad que encierra este axioma."
Le escribí de nuevo al presidente Allende el 6 de septiembre de 1972:
"Con Beatriz te mandé mensaje sobre distintos tópicos. Después que ella partió y con motivo de las noticias que estuvieron llegando la pasada semana, decidimos enviar al compañero Osmany para ratificarte nuestra disposición de colaborar en cualquier sentido, y a la vez tú puedas comunicarnos a través de él tu apreciación de la situación y tus ideas con relación al viaje proyectado a esta y otros países. El pretexto del viaje de Osmany será inspeccionar la Embajada cubana, aunque no se le dará publicidad alguna. Queremos que su estancia en esa sea muy breve y discreta.
"Los puntos planteados por ti a través de Beatriz ya se están cumplimentando...
"Aunque comprendemos las actuales dificultades del proceso chileno, tenemos la confianza de que ustedes hallarán el modo de vencerlas.
"Puedes contar enteramente con nuestra cooperación. Recibe un saludo fraternal y revolucionario de todos nosotros."
El 30 de junio de 1973 enviamos una invitación oficial al presidente Salvador Allende y a los partidos de la Unidad Popular a la conmemoración del 20 Aniversario del ataque al Cuartel Moncada.
En carta aparte, le digo:
"Salvador:
"Lo anterior es la invitación oficial, formal, para la conmemoración del 20 Aniversario. Lo formidable sería que tú pudieras dar un salto a Cuba para esa fecha. Puedes imaginarte lo que significaría eso de alegría, satisfacción y honor para los cubanos. Sé que eso sin embargo depende más que nada de tus trabajos y de la situación en esa. Lo dejamos por tanto a tu consideración.
"Todavía estamos bajo el impacto de la gran victoria revolucionaria del día 29 y tu brillante papel personal en los acontecimientos. Es natural que muchas dificultades y obstáculos subsistirán pero estoy seguro de que esta primera prueba exitosa les dará gran aliento y consolidará la confianza del pueblo. Internacionalmente se ha dado gran relieve a los sucesos y se aprecia como un gran triunfo.
"Actuando como lo hiciste el 29, la revolución chilena saldrá victoriosa de cualquier prueba por dura que sea.
Te reitero que los cubanos estamos a tu lado y que puedes contar con tus fieles amigos de siempre."
El 29 de julio de 1973 le envío la última carta:
"Querido Salvador:
"Con el pretexto de discutir contigo cuestiones referentes a la reunión de países no alineados, Carlos y Piñeiro realizan un viaje a esa. El objetivo real es informarse contigo sobre la situación y ofrecerte como siempre nuestra disposición a cooperar frente a las dificultades y peligros que obstaculizan y amenazan el proceso. La estancia de ellos será muy breve por cuanto tienen aquí muchas obligaciones pendientes y, no sin sacrificio de sus trabajos, decidimos que hicieran el viaje.
"Veo que están ahora en la delicada cuestión del diálogo con la D.C. en medio de acontecimientos graves como el brutal asesinato de tu edecán naval y la nueva huelga de los dueños de camiones. Imagino por ello la gran tensión existente y tus deseos de ganar tiempo, mejorar la correlación de fuerzas para caso de que estalle la lucha y, de ser posible, hallar un cauce que permita seguir adelante el proceso revolucionario sin contienda civil, a la vez que salvar tu responsabilidad histórica por lo que pueda ocurrir. Estos son propósitos loables. Pero en caso de que la otra parte, cuyas intenciones reales no estamos en condiciones de valorar desde aquí, se empeñase en una política pérfida e irresponsable exigiendo un precio imposible de pagar por la Unidad Popular y la Revolución, lo cual es, incluso, bastante probable, no olvides por un segundo la formidable fuerza de la clase obrera chilena y el respaldo enérgico que te ha brindado en todos los momentos difíciles; ella puede, a tu llamado ante la Revolución en peligro, paralizar a los golpistas, mantener la adhesión de los vacilantes, imponer sus condiciones y decidir de una vez, si es preciso, el destino de Chile. El enemigo debe saber que está apercibida y lista para entrar en acción. Su fuerza y su combatividad pueden inclinar la balanza en la capital a tu favor aun cuando otras circunstancias sean desfavorables.
"Tu decisión de defender el proceso con firmeza y con honor hasta el precio de tu propia vida, que todos te saben capaz de cumplir, arrastrarán a tu lado a todas las fuerzas capaces de combatir y a todos los hombres y mujeres dignos de Chile. Tu valor, tu serenidad y tu audacia en esta hora histórica de tu patria y, sobre todo, tu jefatura firme, resuelta y heroicamente ejercida, constituyen la clave de la situación.
"Hazles saber a Carlos y a Manuel en qué podemos cooperar tus leales amigos cubanos.
"Te reitero el cariño y la ilimitada confianza de nuestro pueblo."
Esto lo escribí mes y medio antes del golpe. Los emisarios eran Carlos Rafael Rodríguez y Manuel Piñeiro.
Pinochet había conversado con Carlos Rafael. Le había simulado una lealtad y firmeza similares a las del general Carlos Prats, Comandante en Jefe del Ejército durante parte del gobierno de la Unidad Popular, un militar digno al que la oligarquía y el imperialismo pusieron en total crisis, que lo obligó a renunciar al mando, y fue más tarde asesinado en Argentina por los esbirros de la DINA, después del golpe fascista de 1973.
Yo desconfiaba de Pinochet desde que leí los libros de geopolítica que me obsequió durante mi visita a Chile y observé su estilo, sus declaraciones y los métodos que como Jefe del Ejército aplicaba cuando las provocaciones de la derecha obligaban al presidente Allende a decretar el estado de sitio en Santiago de Chile. Recordaba lo que advirtió Marx en el 18 Brumario.
Muchos jefes militares del ejército en las regiones y sus estados mayores querían conversar conmigo dondequiera que llegaba, y mostraron notable interés por los temas de nuestra guerra de liberación y las experiencias de la Crisis de Octubre de 1962. Las reuniones duraban horas en las madrugadas, que era el único tiempo libre para mí. Yo accedía por ayudar a Allende, inculcándoles la idea de que el socialismo no era enemigo de los institutos armados. Pinochet, como jefe militar, no fue una excepción. Allende consideraba útiles estos encuentros.
El 11 de septiembre de 1973 muere heroicamente defendiendo el Palacio de La Moneda. Combatió como un león hasta el último aliento.
Los revolucionarios que resistieron allí la embestida fascista contaron cosas fabulosas sobre los momentos finales. Las versiones no siempre coincidían, porque luchaban desde diferentes puntos de Palacio. Además, algunos de sus más cercanos colaboradores murieron, o fueron asesinados después del duro y desigual combate.
La diferencia de los testimonios consistía en que unos afirmaban que los últimos disparos los hizo contra sí mismo para no caer prisionero, y otros que su muerte sobrevino por fuego enemigo. El Palacio ardía atacado por tanques y aviones para consumar un golpe que consideraban trámite fácil y sin resistencia. No hay contradicción alguna entre ambas formas de cumplir el deber. En nuestras guerras de independencia hubo más de un ejemplo de combatientes ilustres que, cuando ya no había defensa posible, se privaron de la vida antes de caer prisioneros.
Hay mucho que decir todavía sobre lo que estuvimos dispuestos a hacer por Allende, algunos lo han escrito. No es el objetivo de estas líneas.
Hoy se cumple un siglo de su nacimiento. Su ejemplo perdurará.
Fidel Castro Ruz
En artículo anterior, del 4 de febrero, enviado y publicado a contar de esa fecha, sostuve que Labarca ha mentido con descaro al escribir una falsa «Biografía Sentimental de Allende». Mi afirmación se fundamentó en las declaraciones hechas a uno los más importantes diarios de Chile, medio que le otorgó seis páginas completas primero, y dos a la semana siguiente, en la sección Reportajes, algo poca veces visto en el país. Sin embargo, atendida la orientación ideológica de ese diario, no resulta insólita tal publicidad.
Una vez leído el libro reafirmo, con conocimiento pleno, lo sostenido anteriormente, agregando que a fuer de mercantilista, Labarca miente no sólo en la supuestamente apasionada vida sentimental de Salvador Allende sino que, con oscuros propósitos, señala en varios párrafos, que el probo ex Primer Mandatario habría profitado de su posición de Senador y Presidente para beneficiarse económicamente con sociedades creadas para sus amigos y cercanos, hechos que en ninguna de las "misteriosas fuentes confidenciales" que cita se demuestran. Por ejemplo, en la página 114, fabrica una supuesta llamada de Allende a su amigo Julio Donoso, para que vaya a La Habana a concretar negocios de productos chilenos a Cuba, dado que "como socio de la empresa [de Donoso] Allende recibirá una comisión para financiar sus actividades políticas".
Aquí Labarca pasa de la falacia a la calumnia, delito penal. Media humanidad conoce de exhaustivas investigaciones realizadas por los organismos de inteligencia norteamericanos para encontrar situaciones que pudieran inculpar a Allende como deshonesto, con el propósito de impedirle que pudiera alcanzar la Presidencia de la República y también para justificar el posterior derrocamiento. Pinochet y su gente dieron vuelta al país en la misma búsqueda, hurgando en documentos personales, interrogando gente -torturándoles incluso como me ocurrió personalmente- sin haber podido localizar nada que no fuera una vida limpia de negociados y peculados, sin mácula a su honra de persona y gobernante. Muy diferente a la conmoción mundial que desató la Comisión Investigadora del Senado norteamericano y mis profundas indagaciones, absolutamente fundamentadas en documentos y no de oídas, que plasmé en un libro titulado "PINOCHET S.A., La base de la Fortuna".
Labarca ha deshonrado a su padre, a la familia Allende y al propio ex mandatario con su fértil inventiva, mostrándonos un Allende deshonesto, falso y pasional. Con este infame libelo, Labarca es el mejor amanuense de aquellos que otrora combatió. Con certeza lo obrado por Labarca será premiado largamente por quienes se frotan las manos ante las "importantísimas revelaciones" de un "intimo allegado a Salvador Allende, familia y amigos mas cercanos", como él se presenta a la opinión pública.
Con desagrado -lo confieso abiertamente- leí las infamias y embustes contenidos en las 427 páginas de su texto. Pese a la repulsión que me produjeron las primeras hojas, por integridad leí cuidadosamente el contenido y muy en especial las nada serias notas al pie de página" de cada capítulo, supuestamente citados para dar fé de que las afirmaciones son ciertas, que tendrían bases históricas, o con "citas" de personas íntegras y reconocidamente veraces, la mayoría fallecidos. ¿Qué encontramos en esas fuentes? ¡Inaudito! Decenas de correos electrónicos confidenciales, decenas y decenas de "conversaciones confidenciales", citas de oídas, "contado por mi padre"(lamentablemente fallecido), "el informante no autorizó nombrarle", innumerables citas del libro de Osvaldo Puccio titulado "Un Cuarto de Siglo con Allende, Recuerdos de su Secretario Privado" (Editorial Emisión,1985), que no se apoya en ningún testimonio documental y que fue compuesto a partir de apuntes incompletos, y que ni siquiera alcanzó a ser corregido ni revisado por el autor, antes de su lamentable fallecimiento en el exilio alemán.
Veamos solo algunas de sus fábulas, ya que el libro es extenso y refutar cada uno de sus imaginativos relatos daría lugar a otro libro, tanto o mas amplio que el suyo. Inicia con un diagrama de garçoniere en calle Bueras, que podría corresponder a cualquier habitáculo, incluso el suyo propio. No es importante, pero Labarca le asigna, en la página 13, una trascendencia vital, porque a partir de ese embuste, va construyendo el segundo asesinato, que es destruir la imagen de Allende. Es efectivo que por años Allende ocupó ese espacio como oficina privada y no para los "encuentros" que afirma Labarca, quien indica que visitó el lugar en julio de 2007 (pág. 17). Pese a ello, con osadía presenta un croquis interior, con un exiguo mobiliario del ocupante actual, a treinta y cuatro años del fallecimiento de Allende, y con la cama de quien vive allí, como elemento principal. En calle Bueras 170-A, el Dr. Allende recibía a ciertas personas importantes del mundo, de paso por Chile, o incógnitos, muchas veces ante mi presencia. El espacio que el croquis resalta con un amplio lecho, constaba de tres sillones, un sofá de tres cuerpos y mesilla de centro, además de un par de sillas y un mini escritorio con teléfono, cuyo número es imposible recordar por el paso del tiempo.
La noche de la elección, ante decenas de miles de partidarios, el discurso del Dr. Allende no fue con la "ayuda de un megáfono a pila" (pag 9). La alocución se escuchaba más allá de Plaza Italia, al oriente, y calle Ahumada al poniente. ¿Estuvo Labarca presente o relata de oídas? Otra flagrante mentira. Un megáfono portátil, ni siquiera con la actual tecnología tendría un alcance mayor a 40 ó 50 metros. Falsedades tan simples van desenmascarando al autor y su propósito. Finalizado el acto de celebración, Allende y su esposa Tencha enrumbaron a su casa de Guardia Vieja, acompañados de Alejandro Phillipi y Rodolfo Ortega, ambos amigos, colaboradores y acompañantes del candidato. Allende durmió EN SU CASA y EN SU CAMA, una vez terminados los tradicionales besamanos a domicilio. Ergo, se deduce que Labarca inventó el episodio relatado en pag. 15, y todo su edificio es tan falso como Judas.
Labarca se adentra en la biografía del líder, con lugares comunes que se pueden encontrar en cualquier medio escrito. Continúa las fábulas con la "primera amante de Allende", una muchachita siete mayor que él, de Tacna, compañera de juegos de un niño incapaz todavía de sonarse las narices y menos limpiarse el "tambembe" (trasero). Remata su "obra" relatando los amoríos con la hija del fallecido líder colombiano Eliecer Gaytán, mujer a todas luces mitómana, que encontró la fama -o al menos la notoriedad- inventando un supuesto hijo de Allende, nacido muerto con posterioridad al 11/09/73.
A lo largo de todo el rollo y sin un ápice de caballerosidad (si los hechos fueran ciertos), este excretor de tanta inmundicia no vacila en dañar la honra de mujeres vivas y muertas, cuyo único pecado fue la lealtad al amigo y coideario en sus cruzadas políticas. Llena páginas denigrando a la difunta Leonor Benavides de Vigil, a la actriz Inés Moreno, a la mujer de Rudecindo Ortega, a la actriz Marés González, varias colombianas, cubanas y venezolanas, incluyendo a una inidentificada "negrita del sur.", sin ninguna consideración de que tras esas mujeres hay descendientes y colaterales, irreversiblemente dañados por sus mentiras. Eso no extraña, atendido que el propio Labarca confesó, al diario La Tercera, que "de haber pensado tal situación, no hubiera podido escribir su libro" (sic). La intención es clara: denigrar a como de lugar la imagen de Allende, victimizando a la compañera de su vida, doña Tencha y sus hijas, señalando que la viuda del Presidente hacía la vista gorda, con tal de permanecer en el primer plano de la jerarquía, mostrando a Tencha Bussi como una mujer sumisa, intencionadamente sorda y ciega, calculadora e insensible. Siempre fabulando, Labarca inmiscuye a su propio padre (pág.74), atribuyéndole la función de secretario rentado en el Senado. Don Miguel solo recibió paga de la Corporación una vez que Allende fue electo Presidente del Senado (1966). Entre 1957 y 1965, era yo el secretario privado, siendo don Miguel Labarca el fiel colaborador y leal amigo de siempre, a quien atribuye haber sido un excelente falsificador, sin duda para legitimar una carta que reproduce en la pág. siguiente a la Nº 254 y posteriores, burda falsificación de la letra del Dr. Allende. Basta comparar la escritura de la primera hoja con la última -que si es letra auténtica. Es una grosera composición gráfica hecha de mala fe.
El "excretor" nos muestra realidades absurdas, falseadas e inventadas.. Según narra Labarca, Salvador Allende no sólo era un consumado mujeriego y un atleta del sexo. También nos lo muestra como un hombre sin criterio, ya que siendo Presidente de Chile, habría cometido la insensatez de acometer, sin pudor ni recato, la conquista de la atractiva esposa del comandante en jefe de una rama de las FF.AA., en la recepción oficial ofrecida por Velasco Ibarra, Presidente del Ecuador a su par chileno, delante del marido, y las escandalizadas miradas de autoridades gubernamentales, cuerpo diplomático, etc., según relata en págs. 262 a 264 ¡Zafias las fábulas de Labarca! Es posible que a él le tire más fuerte un vello público que una yunta de bueyes. Lo que es cierto -y que al mentiroso parece dolerle-, es que Allende tuvo, tiene y tendrá un prestigio internacional que se habría derrumbado por si mismo, de ser cierta la fértil inventiva del calumniador. ¡Como se habría solazado la prensa internacional, los canales de TV y fotógrafos presentes! Las imágenes y comentarios de la indecorosa e imprudente actitud del Presidente de Chile habrían dado la vuelta al mundo en minutos, tal como se vieron las imágenes de un desatinado ex presidente de Ecuador, en similares circunstancias y que provocaron su inmediato derrocamiento. Me refiero a Carlos Julio Arosemena.
Allende, el hombre que conocí tan profundamente, no era de esa especie y menos era un mercader de la política como presenta este falaz escritor. No era hombre que gobernara bajo las sábanas, obediente a los susurros de las amantes de turno que ha inventado este mercader de las letras.
Con propósitos inconfesables, el hijo menor del amigo más cercano de Allende emporca la memoria del Dr. Allende, insinuando actos tan inmorales como los cometidos por Pinochet: en sobrecitos y por mano, habría enviado miles de dólares a sus ficcionadas amantes, además de pasajes aéreos para encontrarlas en países extranjeros y a costa del erario nacional, olvidando que en aquella época funcionaba una Contraloría General de la República implacable, con un Contralor adverso al gobierno. Las contradicciones y el desconocimiento cubren todas las páginas de esa apócrifa Biografía Sentimental. Allende se caracterizó por su fecunda labor en el Senado y su altísimo porcentaje de asistencia a las sesiones. Sin embargo, Labarca lo ubica en el extranjero, por largos períodos, solazándose con las amantes supuestas. De creerse las fábulas, Allende jamás habría podido legislar y menos gobernar. Según las mentiras que "cuenta", Allende ni siquiera dormía, ¿En que tiempo?...
Otro muestra de mala fé e ignorancia se indica en la pág. 110, al señalar que Viola Contreras de Ortega -supuesta amante- tenía su domicilio en calle San Antonio, al llegar a Agustinas. El nada creíble Labarca "tan bien documentado", desconoce que ella vivía en el cuerpo de edificios -todavía existe- correspondiente a la manzana de las calles Viel, Avenida Matta, San Ignacio y Santiaguillo. Su departamento daba a San Ignacio, en tanto que el mío era Viel 1154. Nos topábamos casi a diario al salir yo a la Universidad o al Senado. No es trascendente, pero ratifica que todo es fábula, tan infames como atribuir a Salvador Allende la calidad de socio del ya desaparecido "Piso 13" en la primera cuadra de calle Estado (pág. 126), propiedad de Julio Donoso, "el playboy rojo" como lo califica Labarca, quien ignora, porque nunca pisó el fnndo Maule, que Donoso era odiado en la zona por el simple hecho de tener casas de cemento, con tres dormitorios y agua caliente, para vivienda de sus inquilinos. Donoso, dio hospitalidad a su amigo Salvador en Algarrobo, luego del triunfo electoral del año 1970 y por seguridad personal de Allende. Labarca parece que no lee, pese a ser periodista. Una de las noches de septiembre de 1970, la casa de Donoso fue ametrallada por extremistas de derecha, intentando asesinar al presidente electo. En tal oportunidad el mentiroso sitúa a Allende en la supuesta garçoniére de calle Bueras 170-A, también ejerciendo sus cualidades amatorias. ¿Alguien sería capaz de creer al fulero Labarca, mentiroso y mercachifle de las letras?
La última gran fábula del ígnaro periodista-escritor -que comentaré- está en las páginas 322 a 323. Labarca cuenta de una inventada fiesta en El Cañaveral, señalando con detalle a los artistas presentes, la vestimenta de Allende, los músicos y toda una parafernalia. Allende se habría quedado en ese lugar hasta la mañana del domingo. Además de la ficción, agrega a este embuste un raro don, desconocido por todos: el don de la ubicuidad. Da la casualidad que la noche de ese sábado 8, llamé al Presidente desde mi domicilio, en Concepción, a eso de las 23.30 horas. A los tantos años, Labarca me entera que hablé con un fantasma. Al teléfono de Tomás Moro y tras unos 15 minutos de conversación, Allende me citó para el día martes 11, a las 11 de la mañana en su despacho de la Moneda. Fue la última vez que oí su cálida voz. Todos conocen lo ocurrido ese nefasto día. ¿Qué dirá Labarca, el mentiroso? ¿Habré imaginado el haber hablado con el Presidente, a su domicilio? Simplemente, Labarca ha inventado otra nueva fábula...
Finalmente, una reflexión: mi casa editora (RIL EDITORES), exige mucha rigurosidad y comprobación de hechos que cito al llevarles mis manuscritos. Si ellos no son fundamentados, me lo representan y objetan (no censuran), porque quienes escribimose, especialmente acerca de situaciones tan delicadas y falsas como las que se estampan en el libro en comento, tenemos la obligación de consignar verdades históricas fundamentadas y no fábulas, excepto que sean cuentos de hadas y duendes, que no es el caso de Labarca. Es por ello que me extraña que Arturo Infante, el experimentado editor de Catalonia, no haya sido más riguroso, especialmente con el previo antecedente de saber que Eduardo Labarca Goddard fue el autor de las memorias apócrifas del general Prats.
| martes, 01 de julio de 2008 | |
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Por Víctor Pey C. Al acercarse el centenario del nacimiento de Salvador Allende se reaviva su imagen en Chile y en muchos otros países del mundo, transitando la misma entre el arquetipo y el mito. Se trata de una personalidad única, cuyo protagonismo histórico, de singularísima consecuencia entre sus dichos y sus hechos, descartó siempre tanto la inevitabilidad fatal de las expresiones oligárquicas e imperialistas del capitalismo como cualquier otra alternativa totalitaria en la organización de una sociedad loable. La lista de obras y publicaciones de distinta índole que se han ocupado, tanto en Chile como en el extranjero, de la figura de Salvador Allende sería casi interminable, iniciadas con una recopilación de escritos políticos y sociales que fue autorizada por el propio autor y traducida a varios idiomas. Más tarde, el Centro de Estudios Latinoamericanos Salvador Allende, de México, publicó veinte volúmenes integrados por diversos escritos, conferencias, discursos políticos y otros textos. En 1988 Patricio Quiroga publicó en Santiago un volumen con obras escogidas del año 1933 y otro, en España, en 1989, que abarca el lapso comprendido entre 1970-1973. Muy especialmente corresponde mencionar las dos obras de Joan E. Garcés (Allende y la experiencia chilena, y Soberanos e intervenidos); el libro de Gonzalo Martner García, El Gobierno del Presidente Allende, y el de Eduardo Novoa Monreal, Los resquicios legales, así como el que recopila una buena parte de lo por él hablado y escrito, Salvador Allende, Obras escogidas, publicado en una co-edición de la Fundación Presidente Allende, de España, y el Centro de Estudios Políticos Latinoamericanos Simón Bolívar, de Santiago de Chile, en 1992.
Salvador Allende fue un hombre inmensamente afectivo, poseedor de una fortaleza física que agotaba a quienes le acompañaban en sus maratónicas giras electorales. Supo cargar con la abrumadora tarea de la Jefatura del Estado sin menoscabo del programa que había propugnado durante la campaña electoral que le llevó a la Moneda , emprendiendo una progresiva transformación de las estructuras económicas, políticas y sociales del país, dentro de un marco de profundización del sistema democrático, en el que sustentó siempre sus ideas y sus actos. Enfrentado a una fronda opositora golpista gestionada desde el corazón del imperio; cuestionado no pocas veces por una parte de sus correligionarios, que llegaron a tildarle de reformista, este hombre tuvo siempre en su mente y en su corazón la singular mezcla del mayor de los corajes con la más sensible de las delicadezas. |
Pertenezco a una familia que ha estado en la vida pública por muchos años. Mi padre y mis tíos, por ejemplo, fueron militantes del Partido Radical, cuando éste era un partido de vanguardia. Este partido nació con las armas en la mano, luchando contra la reacción conservadora. Mi abuelo, el doctor Allende Padín, fue senador radical, vicepresidente del Senado y fundó en el siglo pasado la primera escuela laica en Chile. En aquella época fue, además, serenísimo gran maestro del orden masónico, lo que era más peligroso que hoy ser militante del Partido Comunista.
Bien pronto, pese a pertenecer a una familia de la mediana burguesía, dejé la provincia, Valparaíso, y vine a estudiar Medicina a Santiago. Los estudiantes de Medicina, en aquella época, se encontraban en las posiciones más avanzadas. Nos reuníamos para discutir los problemas sociales, para leer a Marx, Engels, los teóricos del marxismo. Yo no había frecuentado la Universidad buscando ansiosamente un título para ganarme la vida. Milité siempre en los sectores estudiantiles que luchaban por la reforma. Fui expulsado de la Universidad, arrestado y juzgado, antes de ser médico, por tres cortes marciales. Fui liberado, enviado al norte de Chile y después comencé en Valparaíso mi carrera profesional. Tuve muchas dificultades porque, aunque fui un buen estudiante y me gradué con una calificación alta, me presenté, por ejemplo, a cuatro concursos en los que era el único concursante y, sin embargo, los cargos quedaron vacantes. ¿Por qué? Por mi vida estudiantil.
En Valparaíso tuve que trabajar duramente, en el único puesto que pude desempeñar: asistente de Anatomía Patológica. Con estas manos he hecho mil quinientas autopsias. Sé qué quiere decir amar la vida y sé cuáles son las causas de la muerte.
Terminando mi trabajo de médico, me dedicaba a organizar el Partido Socialista. Yo soy el fundador del Partido Socialista de Valparaíso. Me enorgullece haber mantenido, desde cuando era estudiante hasta hoy, una línea, un compromiso, una coherencia. Un socialista no podía estar en otra barricada que en aquella en la que yo he estado toda mi vida. En verdad, tuve influencia en mi formación de un viejo zapatero anarquista que vivía frente a mi casa, cuando yo era estudiante secundario. Además me enseñó a jugar ajedrez. Cuando terminaba mis clases, atravesaba la calle e iba a conversar con él. Pero como era un hombre brillante, no sólo me planteaba sus puntos de vista sino que me aconsejó que leyera algunas cosas. Y empecé a hacerlo.
Cuando fui a la Universidad, ya había allí una inquietud mayor, y también en esa época los estudiantes de Medicina representábamos al sector menos pudiente, no como los abogados; los abogados, como estudiantes, formaban parte de la oligarquía. Además, yo iba de provincia y desde esa época empecé a ver la diferencia que existía en la Universidad y en la vida. Como médico, las cosas se me fueron haciendo mucho más claras. No soy un gran teórico marxista, pero creo en los fundamentos esenciales, en los pilares de esa doctrina, en el materialismo histórico, en la lucha de clases. Pienso que el marxismo no es una receta para hacer revoluciones; pienso que el marxismo es un método para interpretar la historia. Creo que los marxistas tienen que aplicar sus conceptos a la interpretación de su doctrina, a la realidad y conforme a la realidad de su país. Por ejemplo, yo era tan marxista como ahora en el año 1939, y fui, durante tres años, ministro de Salubridad de un gobierno popular. Soy fundador del Partido Socialista, que es un partido marxista, y llevo dos años en el gobierno. Pero ya lo he dicho: no soy presidente del Partido Socialista, ni mi gobierno es un gobierno marxista.
Yo he sido candidato cuatro veces: en el ‘51, para mostrar, para enseñar, para hacer comprender que existía un camino distinto de aquel que estaba establecido, incluso por el Partido Socialista, del cual yo a partir de ese momento fui expulsado por no haber aceptado esa línea. Expulsado del Partido Socialista entré en contacto con un Partido Comunista que estaba en la ilegalidad. Y así nació el embrión de aquello que es hoy la Unidad Popular: la alianza socialista- comunista. Un pequeño grupo socialista que yo representaba y los comunistas, que estaban en la ilegalidad. En el ‘51 recorrí todo Chile sin ninguna ilusión electoral, pero para decirle al pueblo que la gran posibilidad consistía en la unidad de los partidos de la clase obrera, incluso con partidos de la pequeña burguesía. La fuerza de esta idea, nacida en el ‘51, se manifestó de manera poderosa en el año ‘58. En el ‘58 yo perdí las elecciones por treinta mil votos. En el ‘64, hubiéramos vencido, si hubieran sido tres los candidatos, pero el candidato de la derecha, que era radical, prácticamente se retiró, y quedamos el señor Frei y yo. Y la derecha, apoyó a Frei.
Con esto quiero subrayar que por tantos años yo he tenido un diálogo constante y permanente con el pueblo a través de los partidos populares. Y en esta última campaña organizando los comités de la Unidad Popular en cada fábrica, en los cuarteles, en las calles, en todas partes habíamos formado comités, escuelas, liceos, industrias, hospitales. Éstos han sido los vehículos, los contactos, los tentáculos del pensamiento de la Unidad Popular con el pueblo.
Es por ello que, aunque los medios de información eran tan restringidos, pudimos alcanzar esta victoria de hoy. Se puede usar, aquí, una expresión no política, pero clara: la cosecha de la victoria es fruto de la siembra de muchos años. En el año 1958, el FRAP —que entonces se llamaba así: Frente de Acción Popular— venció en la votación masculina. Yo vencí en la votación masculina y perdí en la de las mujeres.
En 1964, no obstante que Frei fue apoyado por los sectores de la derecha, en el voto masculino quedamos en igualdad, Pero él me ganó, por un porcentaje muy elevado, entre las mujeres. Después de eso, en el ‘70, la verdad es que Alessandri y Tomic habían obtenido más votos que yo en proporción, en el sector femenino. Yo triunfé de lejos, entre los hombres.
Ahora, en el ‘58, las condiciones eran distintas. La Unidad Popular, en aquella época, era representada sobre todo por socialistas y comunistas. Y aun si hubiéramos ganado -gracias al voto masculino- la composición del Congreso era distinta de la actual. Los partidos Conservador, Liberal y Radical eran la mayoría. No había ninguna posibilidad, aun con el apoyo demócrata-cristiano, de que yo venciese al Congreso.
Todo, absolutamente todo, estaba dispuesto en Chile, de modo tal de asegurar la victoria de Alessandri. Además, existía una tradición según la cual el Congreso siempre ratificó a quien venciera en las elecciones. Cuán difícil era suponer que un Congreso en el cual no teníamos la mayoría, hubiera podido romper con esta tradición, para elegir -en el ’58- un candidato socialista apoyado exclusivamente por el Partido Comunista. Si nosotros hubiésemos lanzado al pueblo a la lucha, se habría desatado una represión violenta.
Aunque es cierto que el presidente Ibáñez personalmente expresó simpatía por mi candidatura, no intervino ni me apoyó decididamente. Ni yo le pedí eso. No había ninguna condición, ninguna posibilidad concreta. Ahora, sí creo que hemos demostrado conciencia política. Aquella misma noche yo les dije a los trabajadores que habíamos perdido una batalla, pero no la guerra. Y debíamos seguir preparándonos. Creo que este precedente, entre otros, es lo que ahora me permite tener autoridad moral. La gente sabe que soy un político realista y que, además, mantengo las promesas.
Hace más de treinta años, me correspondió participar en forma activa en la erección del Frente Popular, movimiento unitario de izquierda que, con el sacrificio de legítimas aspiraciones de los partidos de la clase obrera -como el Socialista-, hizo posible el triunfo del presidente Pedro Aguirre Cerda, en cuyo gobierno tuve el honor de ser ministro de Salubridad, como personero de mi colectividad.
En 1952, en momentos difíciles para la clase trabajadora y sus colectividades políticas, enfrenté la dura tarea de encabezar un movimiento de esclarecimiento ideológico, asumiendo su representación en una contienda sin posibilidad alguna de buen éxito electoral. En 1958 y en 1964, fortalecido ya el proceso iniciado en 1951, me correspondió personificar al Frente de Acción Popular en dos campañas presidenciales, que si bien no culminaron en la conquista del poder, contribuyeron de manera decidida a esclarecer y ampliar el proceso revolucionario. El esfuerzo para unificar los partidos populares tiene ahora importancia aún más relevante.
La Unidad Popular se plantea como la alternativa de un gobierno diferente; es la conquista del poder para el pueblo, precisamente después que el país ha experimentado el fracaso del reformismo demócrata-cristiano y cuando aún están a la vista los resultados del anterior régimen, inspirados ambos en el capitalismo tradicional.
El panorama internacional nos señala la urgencia de enfrentar la intromisión imperialista, cada día más insolente y traducida en el fortalecimiento de las fuerzas represivas y contrarrevolucionarias y de la que es gráfica demostración el informe del gobernador Rockefeller.
Bolívar decía: “Los Estados Unidos quieren sujetarnos en la miseria en nombre de la libertad”. Y Martí ha dicho frases mucho más duras. No quiero repetirlas, porque en realidad yo distingo entre el pueblo norteamericano y sus pensadores y la actitud a veces transitoria de algunos de sus gobernantes y la política del Departamento de Estado y los intereses privados que han contado con apoyo norteamericano.
En realidad, la Doctrina Monroe consagró un principio: “América para los americanos“. Pero éste no ha sido efectivamente observado, porque en América del Norte hay un desarrollo económico que no hay en Centro y Sudamérica. El problema no ha sido resuelto sobre base de igualdad de intereses. Defender el principio de “América para los americanos” a través de su Doctrina Monroe ha querido decir siempre “América para los norteamericanos”. Conocemos bien el drama de América del Sur, que siendo un continente potencialmente rico, es un continente pobre, fundamentalmente por la explotación de que es víctima por parte del capital privado norteamericano.
Nosotros luchamos fundamentalmente por la integración de los países latinoamericanos. Creemos que es justo el camino indicado por los padres de la patria, que soñaron la unidad latinoamericana para poder disponer de una voz continental frente al mundo. Esto naturalmente no impide que miremos no sólo con simpatía sino también en profundidad el significado de la presencia del pensamiento del Tercer Mundo. Podría sintetizar mi pensamiento en respuesta a su pregunta diciendo que luchamos antes que nada por hacer de América un auténtico continente en sus realizaciones y por ligarnos cada vez más a los países del Tercer Mundo. Es claro que creemos que el diálogo es fundamental. Los pueblos como el nuestro luchan por la paz y no por la guerra; por la cooperación económica y no por la explotación, por la convivencia social y no por la injusticia.
Si el hombre de los países industrializados ha llegado a la Luna, es porque ha sido capaz de dominar la naturaleza. El problema es que, si bien es justo que el hombre ponga los pies sobre la Luna, es más justo que los grandes países -para hablar simbólicamente- pongan los pies sobre la tierra y se den cuenta que hay millones de seres humanos que sufren hambre, que no tienen trabajo, que no tienen educación. Por eso pienso que el hombre del siglo XXI debe ser un hombre con una concepción distinta, con otra escala de valores, un hombre que no sea movido esencial y fundamentalmente por el dinero, un hombre que piense que existe para la fortuna una medida distinta, en la cual la inteligencia sea la gran fuerza creadora.
Quiero decirle que tengo confianza en el hombre, pero en el hombre humanizado, el hombre fraterno y no el que vive de la explotación de los otros.
La tarea que tiene ante sí la Unidad Popular es de tal urgencia histórica que, si no se cumple con prontitud, incontenibles tensiones sociales arrastrarán a Chile al caos, como consecuencia del fracaso del sistema. Hasta un ciego puede ver las proyecciones y el significado que han tenido y tienen las huelgas del Poder Judicial y del Regimiento Tacna. La hoguera de rebeldía juvenil no se apaga sino con su presencia activa y creadora en la construcción del socialismo.
Si los partidos que reivindican para sí la responsabilidad de vanguardia no son capaces de cumplir adecuada y unitariamente su papel revolucionario, surgirán en forma inevitable la insurgencia desesperada o la dictadura como proyección de la insuficiencia cada vez más notoria del régimen. No es el camino de la asonada, sin conducción política responsable, la solución que puedan sustentar los verdaderos revolucionarios.
Luchamos por crear el más amplio y decidido movimiento antimperialista, destinado a que se cumpla la revolución chilena. Los emboscados que hubieran podido llegar hasta nosotros serán aplastados por la clarividencia revolucionaria del pueblo. No somos sectarios ni tampoco excluyentes; somos y seremos, sí, exigentes, para que en Chile el pueblo no aparezca burlado en sus ansias de independencia económica y política. La dictadura contrarrevolucionaria no será capaz, por cierto, de abrir posibilidades al país ni de acallar, por el imperio de la fuerza, la legitima rebeldía de los chilenos altivos y combatientes.
El cuadro nacional nuestro es muy claro. La frustración se expresa desde el intelectual al campesino, y la juventud busca tácticas de lucha que señalan su decisión de desafiar resueltamente el actual estado de cosas, aunque aquéllas no sean las más convenientes para el desarrollo orgánico del proceso revolucionario. Quienes tenemos serias responsabilidades en el movimiento popular y hemos fundido nuestra suerte con la suya, nos hallamos más obligados aún para asumir una actitud de desprendimiento y de consecuencia moral.
Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo “el compañero Allende”.
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Oscar Contardo En 1971 el gobierno de Allende convocó a intelectuales y artistas de todo el mundo en Santiago para que a través de ellos la comunidad internacional se enterara de su proyecto político. En ese momento todo debió ser política, y eso que ahora podría traducirse como "imagen país" también lo era. Entre muchos otros llegaron Julio Cortázar, Roberto Rossellini, y, por iniciativa de José Balmes, vino el crítico español José María Moreno Galván. Importante, respetado, con conexiones en Europa y América Latina. Un día de paseo por el centro de Santiago el crítico se paró frente al palacio de gobierno por calle Moneda y le dijo a Balmes "tengo una idea". La idea era crear una colección de Arte Moderno donada para "el pueblo de Chile". Balmes le respondió que era cosa de cruzar la calle para arreglarlo todo. Así lo hicieron. El gobierno dio aviso a las embajadas, dispuso que la institución a cargo sería la Universidad de Chile, Moreno Galván activó sus redes y antes de que finalizara el año en las oficinas de la Escuela de Bellas Artes la galerista Carmen Waugh recibía la primera obra: Un Miró. En abril del 72 se hizo la primera exposición en la Quinta Normal. "Para la segunda, que se hizo en la Unctad (luego Diego Portales, pronto Gabriela Mistral) en noviembre de 1972, ya habían llegado cerca de 500 obras, entre ellas el Frank Stella", recuerda José Balmes, actual director del Museo de la Solidaridad. Esa es la primera parte de la historia de la colección que sirve como base para la muestra que se inaugura este mes en el Centro Cultural Palacio La Moneda. En Europa El museo -o más bien la Fundación Solidaridad- es la institución que actualmente custodia la colección que se inició el 71 después de la Operación Verdad, pero que continuó incrementándose en Europa cuando sus gestores -Pedro Mira, Miguel Rojas Mix, Carmen Waugh, Gracia Barrios y el propio Balmes- se fueron al exilio. Mientras las obras donadas hasta 1973 permanecieron en un subterráneo del Museo de Arte Contemporáneo, en Europa continuaban las donaciones en lo que se llamó "el museo de la resistencia". Sólo en 1991 las dos partes de la colección fueron reunidas, y en 2005 se logró la solución legal para determinar la institución definitiva que albergaría las piezas que en su inicio fueron un regalo al "pueblo de Chile". El 26 de junio se inaugura la muestra que bajo el título "Homenaje y memoria, centenario Salvador Allende" mostrará una selección de las más de 2.500 obras que alberga la Fundación Solidaridad, creada para preservar el fondo. Incluirá 140 obras -de hecho, el espacio del Museo de la Solidaridad sólo permite exponer entre 50 y 70 obras por exhibición- y será curada por Mariano Navarro, presidente del Consejo de Críticos de Artes Visuales de España. De las piezas elegidas por Navarro, hay 35 que nunca han sido expuestas antes. Entre las novedades, se cuentan obras del venezolano Régulo Pérez, pinturas de abstracción geométrica del italiano Gualterio Nativo y del cubano Salvador Corratgé, además de donaciones recientes de los contemporáneos chilenos Pablo Rivera, Concepción Balmes y Víctor Hugo Bravo. La selección de Mariano Navarro comenzó hace más de un año, cuando viajó a Santiago a conocer exhaustivamente las piezas almacenadas en el edificio de la calle Herrera -que albergó al Museo hasta 2005- y que han sido autentificadas y avaluadas por expertos de la casa de subastas Christie's (ver recuadro). "Es una de las más importantes del siglo XX existentes en América Latina", asegura el curador. La excepcionalidad del fondo que mantiene el Museo de la Solidaridad es múltiple. Además de la cantidad, se trata de obras donadas por los propios artistas y no adquisiciones. Piezas de Calder, Vasarely, Miró, Lam, Cruz Díez, Tapies, el Equipo Crónica, Frank Stella. Desde el Pop a la Abstracción Geométrica, desde artistas chilenos a pintores escandinavos. Mariano Navarro, el curador, responde: -La colección está vinculada a procesos políticos, ¿es posible apreciarla despojándola de su sentido político? "El arte admite muchas vías diferentes de acceso y cada cual puede elegir las suyas. Tengo el convencimiento, sin embargo, de que quien despoje a la colección de su sentido civil, humanista, de compromiso con la libertad de los pueblos y la democracia no sólo la reduce, sino que se priva a sí mismo de participar de uno de los mayores logros a los que el arte contemporáneo puede contribuir con sus propios medios". -Carmen Waugh, ex directora del museo, aseguró en una oportunidad que ella veía estas obras como el espíritu de una época y que por eso pensaba que extender la colección con obras más allá del año 80 la desvirtuaba. ¿Qué opina usted sobre esta idea? "Estoy de acuerdo en una primera formulación según la cual el centro cronológico es el de los años setenta, y que esa característica -que en mi texto para el catálogo he vinculado a la idea actual de museos del presente-, sin duda, le proporciona una carácter epocal igualmente único en el mundo. Más si consideramos lo convulsos y a la vez prometedores que fueron esos años. Sin embargo, creo también que el Museo de la Solidaridad es un museo vivo, que debe estar presente en su tiempo y que debe continuar una labor que no puede interrumpirse porque las ideas que lo gestaron siguen siendo absolutamente vigentes". -Dentro de esta colección hay subgrupos, "subcolecciones". Podría destacar alguna... "Hay bastantes grupos y subgrupos que pueden delimitarse con las obras de la colección. Incluso algunos -así muchas de las obras estampadas, por ejemplo las procedentes de México- que no he incluido en la muestra. Destacaría la Abstracción Geométrica, de la que el Museo posee una interesantísima colección internacional de obras fechadas en los mismos años. Hay obras procedentes de Italia, Suiza, Polonia, Hungría, España, México, Argentina, Brasil y Estados Unidos. Nombres históricos como los de Vasarely, Cruz-Díez, Eusebio Sempere, Lygia Clark o Frank Stella, y otros desconocidos, pero de gran calidad, como Robert Israel; también está el informalismo español, con piezas de sus principales representantes; las distintas derivas del Pop Art y, por último, las obras de intervención social o política". -En el proceso de revisar las piezas, ¿hubo algún hallazgo que valga la pena comentar? "Para mí bastantes. Pero destacaría en especial las obras de aquellos artistas a los que las circunstancias han retirado del panorama internacional -como el norteamericano Robert Israel, antes mencionado- de los que resulta cuando no difícil sí imposible averiguar algo de su trayectoria y biografía, pero que demuestran una calidad y una contemporaneidad que te hace difícil entender su desaparición". Datos Básicos "Homenaje y memoria, centenario Salvador Allende" Colección Museo de la Solidaridad Lugar: En el Centro Cultural Palacio La Moneda. Fecha: Desde el 26 de junio. La colección fue avaluada y autentificada por especialistas de Christies. "No puedo decir en cuánto está avaluada" La casa donde actualmente funciona el museo es en sí misma un registro de la historia de Chile. Diseñada originalmente por un arquitecto para su familia de origen belga, en los 60 albergó al Departamento de Estudios Humanísticos de la Universidad de Chile y luego a un cuartel de la CNI. República 475 es la segunda dirección que tiene el Museo de la Solidaridad en democracia, luego de su traslado del edificio de calle Herrera esquina Compañía. José Balmes es el director del museo. El pintor ha estado ineludiblemente ligado a la colección desde la Operación Verdad y a Salvador Allende desde que lo recibió en su calidad de ministro de Salubridad cuando Balmes desembarcó del Winnipeg. -¿Está avaluada la colección? "Sí, claro" -¿En cuánto? " No te puedo decir, porque son cifras que yo soy incapaz de relatar". -¿Existe otra colección que haya sido donada de esta manera en alguna parte del mundo? "No, ninguna. Cuando estábamos exiliados en Francia nos reunimos con un grupo de pintores franceses, italianos y chilenos y decidimos hacer una donación en homenaje a Nelson Mandela, que en esa época estaba preso. Mandamos por lo menos 80 obras donadas por distintos artistas. Eso es lo más parecido a lo que se hizo aquí". -¿Han seguido las donaciones? Sí, van a a seguir y las vamos a aceptar. Vamos a hacer una gran exposición de Juan Pablo Langlois acá, dentro de dos o tres meses. Y el él va a donar una obra". -Pero la capacidad física de almacenaje es limitada... "Actualmente estamos ocupando como bodega un espacio en la casona de la calle Herrera, cedido por la Dibam hasta que podamos construir algo propio. Emanuel Araujo (arquitecto, ex comisario de la Bienal de Sao Paulo, figura importantísima del arte contemporáneo) ya tiene una idea, un proyecto para ampliarnos y poder trasladar todos los fondos aquí a calle República. Eso se hará cuando tengamos los recursos". -¿Cuál es el límite de la colección?, ¿tiene un límite? "No, no tiene límite. Lo que nos donen tenemos que aceptarlo". La muestra en homenaje al centenario de Salvador Allende fue financiada por Seacex, la Sociedad Estatal para la Acción Cultural Exterior del gobierno español. Este organismo también financiará la itinerancia de la muestra en América y Europa. Paralelamente se inaugurará una muestra de artistas chilenos contemporáneos el 24 de junio en la sede del museo de calle República. |
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